La OCU anima a denunciar los anuncios engañosos o falsos

Cuando la publicidad puede perjudicar la salud

La ciudadanía recibe un aluvión de mensajes comerciales, unos con un contenido correcto y otros engañosos o falsos, que muchas veces inducen a comprar, convencidos de la verdad de lo que en ellos se cuenta

Si en España se cumplieran como corresponde las leyes que regulan la publicidad, y se impusieran siempre fuertes multas a las empresas que no las respetan, seguro que la ciudadanía no sería engañada como lo es con determinadas campañas publicitarias. El problema es más grave cuando afecta a productos de alimentación, porque entonces la publicidad engañosa puede perjudicar la salud, pero incluso en esos casos se repiten con frecuencia anuncios que no deberían estar permitidos porque contienen afirmaciones falsas.

En la publicidad parece que todo vale: los engaños, las medias verdades, las promesas de resultados fantásticos si se consume un determinado producto, las dietas milagrosas para adelgazar que no adelgazan, el mal etiquetado de los productos alimenticios… La ciudadanía recibe un aluvión de anuncios comerciales, unos con un contenido correcto y otros engañosos o directamente falsos, que muchas veces inducen a comprar, convencidos de la verdad de lo que en ellos se cuenta hasta que un día se caen del guindo y reaccionan.

La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha puesto en marcha una campaña para desmentir informaciones publicitarias que son falsas, que cuentan solo medias verdades o que pueden perjudicar la salud de quien consume el producto que se anuncia. Cualquier persona puede denunciar por Twitter esos casos, utilizando el lema #NoCuela, o pedir a la OCU que investigue si es verdad lo que se dice o promete en un anuncio concreto.

Un descuento de hasta un 80 por 100 que en realidad es un sorteo

Un ejemplo de publicidad confusa y, por ello, perjudicial para el consumidor es la última campaña que ha lanzado la cadena de establecimientos Carrefour. Muchos ciudadanos habrán recibido en sus buzones de correo, o en la portería de su vivienda, el conocido folleto de ofertas de esa empresa, que en esta ocasión ofrece la posibilidad de conseguir hasta un 80 por 100 de descuento en 10.000 productos y garantiza como mínimo una rebaja del 10 por 100 en su precio. Pero eso, que es lo que se ve en el folleto en números de gran tamaño, no es toda la verdad. La OCU ha analizado la letra pequeña de esa campaña y la ha desmontado, porque #NoCuela.

Al entrar en el establecimiento el cliente recibirá una tarjeta de participación en esta campaña, en cuyo código de barras está marcado el descuento que le ha correspondido. Cuando compre cada producto no sabrá lo que le rebajan en su precio, porque solo lo conocerá cuando pague en la caja y reciba el justificante con la relación de los productos que ha adquirido. Entonces sabrá si, además del 10 por 100 de descuento mínimo garantizado, en su tarjeta hay que sumar otro 5 por 100, 10 por 100, 40 por 100, 70 por 100 e incluso 80 por 100, este último anunciado con grandes caracteres en la campaña.

Además, al cliente no le dicen el porcentaje de tarjetas que hay con cada descuento, lo que da pie a pensar que habrá muchas más con descuentos pequeños que con el 80 por 100 anunciado en grandes caracteres. Y, lo que es más grave, el cliente pagará por los productos que compre su precio real, sin ninguna rebaja, y obtendrá en la caja un vale por el importe que le hayan rebajado por el porcentaje que figure en su tarjeta para que se lo descuenten en su próxima compra, que deberá realizar como máximo en las dos semanas siguientes. Se trata, pues, más de un sorteo que de una rebaja directa en el precio, porque depende de la suerte que se tenga al recibir la tarjeta de participación.

Lo que consta en la etiqueta y la realidad

Este es solo un ejemplo, quizá más llamativo por la gran dimensión de las campañas publicitarias que realizan esa y otras grandes superficies. Pero la OCU ha analizado y denunciado otros muchos casos, entre los que el diario El País ha recopilado algunos: zumos de marcas muy conocidas que en realidad son néctares, con lo que solo la mitad del producto es zumo y el resto es agua con azúcar; jamón de york que no es tal sino otra carne de cerdo más barata, pero elaborada de la misma manera; una leche de Central Lechera Asturiana que, según se anuncia, contiene todos los nutrientes que necesitan las personas mayores de 50 años, y que es un 30 por 100 más cara que otra de la misma marca sin esa “especialidad”; huevos que se venden a un precio superior porque se dice que son de gallinas criadas en libertad, cuando en realidad los animales viven en el suelo y no en jaulas, pero no al aire libre…

Muchas personas tienen la buena costumbre de comprobar el precio de la fruta que compran en las grandes superficies, o de otros productos vendidos al peso, y de vez en cuando tienen que reclamar porque les han cobrado unas manzanas más caras de su precio porque las han confundido con otras; o un producto a un precio distinto al que ofertan en un folleto publicitario. Otros clientes no suelen comprobar esos ni los demás precios de lo que compran y tiran el justificante que les entregan en la caja, sin ver si los precios y cantidades que figuran en la relación de los productos son correctos.

Hacer esas comprobaciones y reclamar por los errores en los precios, cuando se producen, es una buena costumbre. Si a ella se añade el hábito de denunciar públicamente las campañas publicitarias engañosas, falsas o confusas, como propone la OCU, algo se irá avanzando. Además, las administraciones públicas competentes deberían intensificar la vigilancia para sancionar la publicidad falsa o engañosa, con el objetivo de erradicarla.