En Libia: inmigrantes, secuestrados, maltratados y vendidos

Subastas de esclavos por 300 euros

Ante esta aberración, lo único que ha hecho la Unión Europea es decirle al Gobierno de Libia que le va ayudar a controlar las migraciones ilegales y a combatir las mafias de traficantes

Parece mentira, por increíble, pero está probado que es verdad: en 2017, en pleno siglo XXI, en Libia hay quien secuestra a inmigrantes africanos que llegan allí para viajar a Europa y los venden como esclavos por entre 300 y 500 euros, según sea su estado físico. Otros creen que han tenido más suerte, porque son aceptados por las mafias de traficantes para subir a una vieja embarcación tras pagar fuertes sumas de dinero, pero muchos pierden la vida durante el intento en el mar Mediterráneo. Y el mundo civilizado, cuando ve estas noticias por televisión, se limita a decir “¡pobre gente!”.

Distintas organizaciones no gubernamentales, cuyo trabajo merece todos los reconocimientos y ayudas, vienen denunciándolo desde hace tiempo; también lo han dicho algunos organismos internacionales, incluida la ONU, pero los mandamases del mundo civilizado, de los países desarrollados, han hecho poco caso.

¿De qué pasta estarán hechos quienes trafican con personas, como hacen las mafias que cobran a los inmigrantes subsaharianos por embarcarlos con destino a Europa o a la muerte? ¿De qué pasta puede estar hecho alguien que es capaz de secuestrar a un inmigrante, torturarle, mantenerle en condiciones infrahumanas y, finalmente, venderlo como esclavo si es apto para trabajar? Increíble, pero cierto.

Subastan a personas

Un diario de Hong Kong, el South China Morning Post, ha difundido un vídeo en el que se ve una subasta de personas que son vendidas como esclavos, en algún lugar de Libia. La todopoderosa cadena de televisión estadounidense CNN ha difundido esa grabación, y también lo ha comprobado con sus periodistas, y entonces han saltado algunas alarmas y los lamentos de “¡pobre gente!”. Quizá haya quien, al verlo, también ha dicho “¡qué horror!”. Y nada más.

Esa subasta de esclavos no ocurrió en la Edad Media. Ni en el siglo XVIII, cuando había africanos que eran capturados en su país como si fueran fieras, trasladados a Estados Unidos y vendidos como esclavos para servir a los terratenientes y cultivar sus tierras. No, ese vergonzoso espectáculo se ha producido en agosto de este año, en pleno siglo XXI.

Las organizaciones no gubernamentales lo vienen denunciando desde hace tiempo. Esos inmigrantes tienen que pagar para atravesar centenares o miles de kilómetros desde sus países subsanarianos hasta Libia. En ese país, a orillas del Mediterráneo que sueñan cruzar en busca de una vida mejor, la mayor parte cae en manos de las mafias de traficantes, que les cobran mucho dinero por embarcarlos; otros son secuestrados y vendidos como esclavos.

400 euros por un “hombre fuerte para trabajar”

En ese vídeo se ve a un vendedor que ofrece un “hombre fuerte para trabajar”, como quien ofrece una escultura o un cuadro en las subastas de arte. Es vendido por el equivalente a menos de 400 euros. El comprador se interesa también por otra persona de las que allí muestran, pero le dicen que ya ha sido vendida.

Ante esta aberración, lo único que ha hecho la Unión Europea es decirle al Gobierno de Libia que le va ayudar a controlar las migraciones ilegales y a combatir las mafias de traficantes. Pero los traficantes siempre buscan alternativas y siguen cobrando a los inmigrantes para conducirlos a la otra orilla del Mediterráneo o a la muerte.

En septiembre de 2015, la imagen del niño sirio Aylan Kurdi, de tres años, ahogado en la costa de Turquía cuando huía de la guerra de Siria con su familia, dio la vuelta al mundo y removió muchas conciencias. Los países de la Unión Europea se comprometieron entonces a acoger cerca de 200.000 refugiados en dos años, pero ha concluido el plazo y no se han acercado ni por aproximación a esa cifra; España, tampoco.

¿Qué ocurrirá ahora con la noticia de la subasta de personas humanas en Libia para venderlas como esclavos? ¿Se quedará sólo en las habituales exclamaciones de “¡pobre gente!” o hará que la Unión Europea se tome en serio, de una vez por todas, el drama humano de la inmigración? A juzgar por lo que se ha visto hasta ahora, hay pocos motivos para la esperanza, pero no hay que perderla.