Prismáticos de un economista

Tres lecciones de economía y vida

De esos momentos que se te quedan grabados en la memoria en tu trayectoria profesional, recuerdo con afecto y respeto aquellos en los que los clientes me dieron lecciones de economía y vida. Encuentros en los que con una conversación o una mera observación me daban una clase de sentido común. O simplemente, clarividencia para distinguir entre lo importante y lo superfluo

Las necesidades creadas

En cierta ocasión, contaba las excelencias de un producto a un cliente e intentaba hacerle ver que lo que le ofrecía le venía muy bien y le podría ser necesario en un futuro próximo. Esta persona de más de 60 años, con un pequeño negocio sacado adelante no sin tesón ni sacrificio, después de escucharme atenta y respetuosamente me dijo:

«Mira, Vicente (yo rondaría los treinta y tantos y había cierta confianza entre nosotros), no dudo de la bondad del producto que me ofreces y de que a otras personas sin duda les vendrá muy bien. Yo en mi caso, no creo que me vaya a aportar valor. Normalmente me hago esta pregunta: ¿Lo necesito realmente? Y bueno, la verdad es que suele ser un buen filtro para tomar la decisión de compra».

Este hombre con su respuesta me recordó algo que es de sentido común. El consumismo puede ser frenado a tiempo con una reflexión pausada.

Esencia y supervivencia

Una vez, hace también unos cuantos años, en una conversación con una señora propietaria de una pequeña empresa que producía y comercializaba productos agrícolas, le comenté si no se había planteado la posibilidad de contratar una persona que le ayudase con temas administrativos. Había observado que ella era como una persona «orquesta»: llevaba con mucha eficacia la comercialización y ventas, estaba muy pendiente de la producción y tenía al día los temas de papeleo. Estaba en todas las parcelas del negocio y quizá no le vendría mal una ayuda para darle tregua. Después de mi observación, me dio una lección, que no se si definirla de coraje o de responsabilidad:

«Ya se, Vicente, que estoy en todo, principalmente en las ventas y coordinando a mis cuatro empleados en la producción. Claro que me gustaría contar con más ayuda, pero tengo que ser prudente e ir poco a poco. Fíjese, aunque la gestoría se encarga de los impuestos y la contabilidad, yo tengo claro estas cosas básicas: mi negocio tiene que generar caja (sin muchas demoras), me gustaría que los resultados que voy obteniendo se vayan consolidando en el tiempo; y en el balance de mi negocio el patrimonio neto tiene que superar a las deudas (yo tengo que ser la dueña real, no los bancos). Quiero velar por la continuidad de mi empresa y poder seguir pagando a mis empleados y proveedores puntualmente».

Clase de claridad de ideas y de responsabilidad. Sentido común en estado puro. Conceptos de balances y cuenta de resultados explicados de una forma muy práctica.

Lo que de verdad importa

Esta tercera conversación a la que me voy a referir, ya la cuento como una batallita (voy teniendo cierta edad) en conversaciones con familiares más jóvenes o con amigos. Tomando café con un cliente de avanzada edad (en torno a los setenta creo recordar) le decía que ese día estaba un poco angustiado por la agenda, alguna reunión de más, la presión de los jefes con los objetivos, en fin, que estaba algo estresado. Recuerdo que sonriendo y dándome una palmadita en la espalda me dijo:

«En este mundo de prisas oigo hablar de agobios y esas cosas. ¿Tú sabes lo que es para mí el estrés? Te lo voy  a decir: levantarse por la mañana y no saber si vas a poder dar de comer a tus hijos, eso es para mí estar al límite.  Así que no te agobies por cosas que, o no tienen una importancia decisiva o se las puede buscar solución».

Aplastante lección de vida de un hombre curtido en mil batallas.

Si quieres consultar más artículos del autor, entra en su blog: vicentedelrio.com