El camino hacia la igualdad nunca ha llegado en silencio, ni de forma rápida ni evidente. Se ha ido construyendo en debates sociales, pero sobre todo en los espacios cotidianos, en la transformación de las estructuras laborales y en la lenta adaptación de la vida profesional a la vida personal.
Porque la igualdad real no solo se mide en el acceso al trabajo, sino también en la posibilidad de desarrollar una carrera profesional sin renunciar a la conciliación, un reto que sigue marcando la vida laboral de muchas mujeres en España.
Es el caso de Irene Huertas, Esther Flores y Celia Barquinero, tres mujeres separadas por distintas generaciones, pero unidas por una misma idea: demostrar que las profesiones no tienen género, aunque el camino para llegar a ellas haya exigido sacrificio y una gran capacidad de equilibrio, a veces exigida por la sociedad, entre trabajo y vida personal. En fechas como este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, estas historias cobran un significado especial al poner el foco en los avances conseguidos y en los retos que aún permanecen.
La desigualdad también se desactiva: Irene, una de las 3 únicas mujeres Tedax
Irene Huertas, vecina de la localidad toledana de Ocaña, sabía que quería vestir el uniforme de la Guardia Civil desde muy pequeña. No era un sueño infantil pasajero. En su casa, la profesión se vivía de cerca. Su padre pertenece al grupo de la unidad de Técnicos Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos (Tedax) y una despedida le cambio la vida.
Irene tenía siete años cuando entendió que el uniforme de su padre no era solo una prenda. Aquel día hubo una amenaza de bomba y, antes de salir de casa, él se detuvo frente a ella. Se despidió de su madre, de su hermana… y cuando llegó su turno, le dijo: «Cuida de mamá y de tu hermana».
En ese instante, Irene dejó de ser solo una niña. Comprendió que aquel trabajo implicaba la posibilidad de no volver. Y, lejos de apartarla, esa certeza sembró algo dentro. Era la época en la que el terrorismo golpeaba con fuerza. Para ella dejó de ser «el trabajo de papá» y pasó a ser una vocación: «No es un trabajo cualquiera. Es dar la vida por los demás sin esperar nada a cambio», explica a ENCLM.
Años después, ese algo la llevaría a formar parte de los Tedax de la Guardia Civil. Una unidad donde el silencio pesa tanto como el traje antibombas y donde cada decisión se toma con la vida en juego.
En una unidad históricamente masculina como los Tedax, Irene nunca ha querido ser «la mujer que lo consiguió». Para ella, su presencia allí no es un símbolo, sino una consecuencia natural de su esfuerzo.»Yo no lo siento como algo excepcional. Es una especialidad más. Lo único que tenemos que hacer las mujeres es creérnoslo y hacerlo».
En este 8 de marzo, su historia es la de una vocación temprana que se convirtió también en una forma de romper inercias. Porque durante años, cuando decía que quería entrar en Tedax, la respuesta era casi automática: «Tú no lo vas a conseguir».

Irene Huertas, en una de sus intervenciones.
Dos intentos y muchas madrugadas
Irene terminó el exigente curso Tedax en 2023. Pero el camino no fue directo. Se presentó dos veces. La primera se quedó sin plaza. La segunda lo consiguió. «Estudiaba mientras patrullaba en seguridad ciudadana y con dos niños pequeños en casa. Me acostaba a las dos y me levantaba a las seis».
La especialidad es la única dentro de la Guardia Civil con las mismas pruebas físicas para hombres y mujeres. Sin baremos diferenciados. Sin tiempos distintos. «He hecho exactamente lo mismo que mis compañeros».
El traje de intervención pesa 40 kilos. Ella pesa 56. Para prepararse, entrenaba en casa con chalecos lastrados y peso en las piernas, subiendo y bajando escaleras. Sin embargo, asegura que lo más duro no fue lo físico.
«Psicológicamente es un curso muy exigente. Son nueve meses. Cuando llegas a la parte práctica, a los seis o siete meses, ahí empieza lo realmente importante. Sabes que un error puede costarte la vida».
Antes incluso de examinarse, varios compañeros le advirtieron de que era demasiado difícil. Cuando en su primer intento se quedó sin plaza, escuchó el «ya te lo dijimos».
«No sé si era por el simple hecho de ser mujer o no, pero era como que no lo vas conseguir». El día que aprobó el segundo intento, se cruzó con uno de ellos. «Fue una satisfacción poder decirselo».
De referentes invisibles a nuevas generaciones
La primera mujer en esta unidad llegó en 2004. Entonces fue un choque en un entorno completamente masculino. Hoy, aunque siguen siendo minoría, la presencia femenina empieza a dejar de ser anecdótica.
Irene reconoce que los referentes importan. Ella misma tuvo uno. Y ahora recibe mensajes en redes sociales de opositoras que, tras verla, se plantean intentarlo.
«Dar visibilidad hace que otras mujeres se replanteen que pueden acceder. A veces solo necesitas ver que alguien lo ha hecho». En su día, no sintió que estuviera rompiendo ningún techo. «Para mí es un trabajo normal». Pero su normalidad tiene un impacto silencioso: abrir camino sin hacer ruido.
Igualdad real, pero con deberes pendientes
Dentro de la unidad asegura que siempre se ha sentido «una más», sin trato diferenciado ni para bien ni para mal. Sin embargo, donde sí detecta margen de mejora es en la conciliación. Porque además de agente especializada, Irene es madre.
«Somos guardias civiles, pero también somos madres. Y en España queda mucho por avanzar en conciliación, no solo aquí, en general».
Reconoce que para llegar hasta donde está ha necesitado una red de apoyo fuerte y que se ha perdido momentos importantes de sus hijos. «Sin mi familia y mi marido no lo habría logrado».
En profesiones con turnos irregulares y alta exigencia, la organización de horarios y los permisos siguen siendo uno de los grandes retos para que más mujeres puedan aspirar a determinados destinos sin renunciar a su vida personal.
Esther Flores, la mujer que abrió camino en Toledo
Durante casi tres décadas, Esther Flores ha recorrido las calles de Toledo con la misma idea clara con la que empezó: la responsabilidad es lo primero. Hoy su presencia al volante de un autobús urbano forma parte de la normalidad de la ciudad. Pero cuando comenzó, hace 29 años, no lo era en absoluto.
«Llevo ya 29 años y la experiencia siempre fue buena», nos explica a ENCLM. Sin embargo, aquel inicio estuvo rodeado de sorpresa y miradas. Fue la primera mujer conductora del servicio urbano toledano, en una época en la que prácticamente no había referentes femeninos en el sector.
Su llegada no respondió a una vocación infantil ni a una tradición familiar: «Empecé un poco por encontrar estabilidad laboral». Estaba preparando oposiciones, enlazando contratos temporales, buscando su sitio. Un amigo le sugirió sacarse el carné. Lo hizo. Y cambió su vida.
Lo curioso es que, antes de intentarlo, ella misma dudaba. «Yo veía un autobús y decía: madre mía, yo esto no lo voy a coger en la vida. Lo veía de lejos y pensaba: qué difícil es esto». La imagen del autobús como algo inabarcable era también el reflejo de un entorno donde casi ningún volante de gran tamaño tenía manos femeninas.
Un salto al volante entre incredulidad y dudas
Cuando decidió dejar su trabajo en Correos para incorporarse a la empresa de transporte, la reacción fue de auténtica incredulidad. «Todo el mundo se quedó muy extrañado», recuerda. En su familia, la preocupación era evidente: «Madre mía, ¿dónde te vas a meter? Tantos hombres allí, tanta gente, tú sola».
Pero el miedo no fue su compañero de viaje. «Miedo no, mucha responsabilidad. Siempre mucha responsabilidad». Desde el primer día tuvo claro que transportaba personas, no solo pasajeros. «Mi marido y mi padre siempre me decían: llevas gente, mucho cuidado». Esa conciencia la ha acompañado durante 29 años.

Esther Flores. Foto: Rebeca Arango.
Abrir camino para otras mujeres
Su primer servicio fue un refuerzo para la Feria de Artesanía de Castila-La Mancha. Recogía escolares para llevarlos a Farcama. Entre ellos estaba su hija. “Todos los compañeros le decían: ‘María, es tu mamá, es tu mamá’”. Lo cuenta con una sonrisa que mezcla nervios y orgullo. «Estaba nerviosilla, claro. Pero es normal, cualquiera en su primer día está nervioso».
La diferencia es que, en su caso, la novedad no era solo profesional, sino simbólica. «Todos los días había gente que me daba la enhorabuena, que me felicitaba. Sabía que en ese momento era la primera y me sentía observada por todo el mundo». Cada pasajero que subía parecía hacerlo con una mezcla de curiosidad y asombro. «Montaban y estaban ahí como… a ver, a ver».
Esa mirada constante generaba una presión añadida. «Sabía que todo lo que yo hiciera iba se iba notar más que lo que hacían ellos». No se trataba únicamente de cumplir con su trabajo, sino de hacerlo impecablemente. Reconoce que llegó a planteárselo en términos muy claros: «Si cogen a una chica y lo hace mal o tiene algún problema, van a pensar…». No terminó la frase entonces, pero el mensaje era evidente. El error individual podía convertirse en argumento colectivo.
Con el tiempo, la normalidad se impuso. Hoy son alrededor de quince mujeres en la plantilla e incluso hay una mujer inspectora. «Ahora la gente dice: hay muchas chicas nuevas. Pero ya no les llama la atención. Lo ven normal». Y esa naturalidad es, en parte, fruto de aquel primer paso.
A lo largo de estos años no ha vivido situaciones graves de rechazo por ser mujer. Sí ha sentido, como cualquier conductora, el gesto condescendiente o el comentario puntual desde otro vehículo. La seguridad en sí misma fue siempre su mejor respuesta.
El reto más difícil: conciliar
En el día a día, defiende que el trabajo le ha enseñado sobre todo respeto y empatía. «Trabajamos cara al público. Los usuarios son lo primero. Cuando te preguntan es porque no saben. Hay que ser empático». Cree que quizá las mujeres aportan una cercanía distinta. «Nos ven como más amables. En el corralillo, si hay un hombre y una mujer, muchas veces se dirigen antes a nosotras».
Pero si hay un terreno donde reconoce la dificultad real es en la conciliación. «Eso es lo peor«, afirma sin rodeos. Los turnos empiezan de madrugada o terminan entrada la noche. «Hay semanas que me levanto a las cuatro y cuarto o a las cinco. Tienes que dejar a los niños acostados. Y cuando estás de tarde, llegas y ya están durmiendo». Durante años, la organización familiar dependió de abuelos y de su marido.
Cuando mira atrás, la palabra que utiliza es clara: valentía. «Hay veces que pienso: madre mía, no sé cómo fui capaz. Fui muy valiente». En aquel momento no era consciente del todo del peso simbólico que llevaba encima. Hoy sí lo es. Y, sin embargo, no se arrepiente. «Me cambió la vida». Lo dice con serenidad, con la seguridad de quien ha encontrado su lugar. Volvería a tomar la misma decisión sin dudarlo.
Celia Barquinero: la savia nueva del mundo rural
A sus 23 años, Celia Barquinero representa una imagen poco habitual en un sector masculinizado y marcado por la falta de relevo generacional. Vecina de Tortuera, un pequeño municipio de apenas 157 habitantes en el Señorío de Molina, en la provincia de Guadalajara, decidió quedarse en su pueblo cuando muchos jóvenes de su generación optaban por marcharse a la ciudad.
Su historia es la de esa savia nueva que el campo necesita para seguir adelante, especialmente en la realidad de la denominada España vaciada. «El campo no solo es pasado: es presente y queremos que sea futuro». Esa idea guía también su presencia en redes sociales, donde se ha hecho conocida compartiendo las labores agrícolas.
En su caso, la relación con la agricultura viene de lejos. Hija y nieta de agricultores, el campo siempre ha formado parte de su vida. Cuando terminó sus estudios tuvo claro que su futuro estaba ligado a la tierra. «Aunque me fuera a estudiar fuera, yo sabía que iba a volver al pueblo».
Sin embargo, su decisión no siempre fue comprendida. «Cuando dije que me quería quedar, mucha gente se echó las manos a la cabeza. Me decían que estaba loca por querer ser agricultora«, comenta a ENCLM. Con el tiempo, su determinación logró disipar esas dudas. «Ahora que me ven contenta, me dicen que adelante, que haga lo que quiera».
Aun así, reivindica el valor de una profesión que, en su opinión, sigue siendo poco conocida. «Hay muchos niños que no saben de dónde salen las patatas o los espárragos. Por eso es importante enseñar desde pequeños cómo es el trabajo en el campo».
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Mujeres que siempre han estado, aunque no se vieran
La agricultura ha sido históricamente un sector masculinizado, aunque las mujeres hayan estado siempre presentes en él. Celia lo ha observado dentro de su propia familia. «Mi abuela, mis tías y mi madre siempre han sido agricultoras, pero a ellas no se las veía. Solo se veía al hombre».
A pesar de ello, nunca sintió que tuviera que demostrar más que los demás por ser mujer. Lo que sí ha percibido son pequeños gestos que reflejan estereotipos todavía presentes. «A veces alguien me dice: ‘espera, que lo hago yo’. Pero yo me busco mis maneras y lo hago igual», señala.
Para ella, la presencia de más mujeres en el campo es una evolución natural que poco a poco empieza a hacerse visible.
Mostrar el campo desde dentro: «Ser una mujer joven en el campo es ser valiente»
Además de trabajar en la explotación familiar, Celia comparte su día a día en redes sociales a través de su cuenta de Instagram @agroceli, donde muestra las labores agrícolas y desmonta algunas ideas preconcebidas sobre el sector.
La intención inicial era sencilla: enseñar a su entorno cómo es realmente el trabajo en el campo. «Abrí la cuenta para que mis amigos vieran que el campo no es darle a un botón del GPS y ya está», explica.
Sin embargo, sus vídeos han ido llegando a personas ajenas al sector, que descubren a través de sus publicaciones una realidad que muchas veces permanece invisible. Los mensajes que recibe, asegura, suelen ser positivos. «Mucha gente me dice que admira lo que hago o que no sabía cómo funcionaba el campo».
Algunas de esas reacciones llegan también de chicas jóvenes que ven en ella un ejemplo cercano. «Alguna me ha escrito porque le gusta el campo y no sabe si dedicarse a ello», confiesa.
Celia considera que el futuro del campo pasa también por la presencia de jóvenes y mujeres en el sector. «Ser una mujer joven en el campo es ser valiente, que no te importe lo que digan y que te guste tu trabajo». Su consejo para otras chicas que dudan si seguir ese camino es sencillo: «Que lo hagan. Es un trabajo duro, hay que esforzarse, pero si te gusta no te vas a arrepentir».
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Tres generaciones, un mismo camino
Irene, Esther y Celia representan tres formas distintas de un mismo cambio: mujeres ocupando espacios que durante décadas parecían reservados para otros. Desde los Tedax hasta los autobuses urbanos de Toledo y los campos de Castilla-La Mancha, estas mujeres demuestran que el talento no entiende de género. Sin discursos grandilocuentes. Sin épica forzada. Solo con una idea clara: el esfuerzo abre caminos, pero las oportunidades a veces necesitan que alguien se atreva primero.
Hoy, en este 8M, sus historias recuerdan que la igualdad se construye día a día, con mujeres ocupando espacios donde antes no estaban y con la valentía de quienes deciden abrir su propio camino.
