A la entrada de Valdepeñas, hay un gigante blanco que no necesita moverse para imponerse en el paisaje. Sus aspas recortan el cielo manchego, su silueta remite de inmediato al universo cervantino y su nombre recuerda a uno de los grandes defensores de los molinos de La Mancha: Gregorio Prieto. No es un molino cualquiera.
Su singularidad está en sus dimensiones monumentales: el cuerpo del Molino Gregorio Prieto alcanza los 30 metros de circunferencia, una escala muy superior a la de los molinos manchegos tradicionales y que explica que sea considerado el más grande del mundo dentro de esta tipología.
El Molino Gregorio Prieto, situado en la Plaza de la Guardia Civil, se ha convertido en uno de los grandes reclamos patrimoniales de Valdepeñas. Su exterior puede visitarse de forma libre y gratuita, según la información turística regional, que lo define como una construcción monumental levantada en la entrada norte de la ciudad.
La historia del molino está ligada directamente al pintor valdepeñero Gregorio Prieto, nacido en 1897 y considerado uno de los artistas que más contribuyó a elevar los molinos manchegos a la categoría de símbolo universal. Durante décadas los llevó en sus pinturas y exposiciones por ciudades como Londres, Copenhague o Nueva York, en una defensa artística de unas construcciones tradicionales que formaban parte del paisaje agrario de La Mancha.
Fruto de ese compromiso, en la década de los años 50 se levantó en Valdepeñas este molino-museo, construido por albañiles y carpinteros molineros de la ciudad como regalo al artista. El propio Prieto dejó escrita una frase que resume la ambición simbólica del proyecto: “Pretendo que mi molino sea madre y símbolo de todos los demás”.
El edificio fue, además, el primer museo de Valdepeñas. Nació con la misión de albergar la obra molinera de Gregorio Prieto y, en su interior, conserva una colección pictórica de molinos realizados por el artista, además de maquetas y elementos vinculados a la tradición molinera.
Su valor no está solo en el tamaño. El molino funciona también como una puerta de entrada a la identidad manchega: piedra, cal, memoria campesina, literatura, arte y turismo.
En los últimos años, el espacio ha incorporado nuevos contenidos culturales vinculados a las tradiciones locales, reforzando su papel como lugar vivo de memoria colectiva. El Ayuntamiento también ha acometido mejoras en su estructura, como la renovación del sombrerete, para garantizar su conservación.
Así, este coloso manchego no solo mira al visitante desde la entrada de la ciudad. También resume una parte esencial de la provincia de Ciudad Real: la de una tierra que convirtió sus antiguos ingenios de molienda en iconos turísticos y emocionales.
