En Los Cortijos, la historia no se cuenta en líneas rectas, sino a ambos lados de un mismo límite. Un pueblo partido en dos, no por un río ni por una muralla, sino por siglos de desencuentros entre vecinos que compartían territorio, pero no siempre intereses ni lealtades. Así tomó forma una localidad singular, nacida de una convivencia difícil y prolongada entre dos aldeas enfrentadas durante generaciones.
Durante siglos, Los Cortijos de Arriba y Los Cortijos de Abajo crecieron como núcleos diferenciados, cada uno con su propia identidad y su manera de entender la tierra. La división no era solo geográfica. También era social y emocional. El origen de ese enfrentamiento se encuentra en antiguos documentos de reparto y aprovechamiento del territorio, redactados cuando la zona formaba parte de lo que hoy conocemos como Estados del Duque, una estructura señorial que condicionó la organización del espacio y la vida de sus habitantes.
En ese contexto surgió la conocida Escritura de Concordia, un acuerdo de 1522 concebido para fijar lindes, regular el uso de las tierras y evitar conflictos entre pobladores. Pensada para ordenar la convivencia en un territorio compartido, aquella escritura no logró cerrar definitivamente las tensiones y acabó consolidando una división que fue más allá de lo administrativo, especialmente a partir del siglo XIX y comienzos del XX, cuando las propiedades de los Estados del Duque comenzaron a pasar de mano en mano.

Imagen satélite de Los Cortijos, con los dos núcleos bien diferenciados
El documento establecía un sistema de derechos compartidos sobre la tierra, más basado en el uso que en la propiedad claramente delimitada. Regulaba el aprovechamiento común de pastos, leña, caza y determinadas zonas de cultivo, un modelo adaptado a una economía agrícola extensiva y a una población reducida. Durante siglos, ese equilibrio se sostuvo apoyado en la costumbre y en la memoria colectiva, pero la transmisión de fincas, la superposición de derechos y la falta de una delimitación física precisa fueron generando una creciente confusión sobre la titularidad del suelo.
Esa falta de definición acabó trasladándose al plano social. Las disputas entre ambas partes del pueblo se mantuvieron vivas durante generaciones como rivalidades persistentes, alimentadas por la desconfianza y el sentimiento de pertenencia a uno u otro núcleo. En determinados momentos, especialmente a comienzos del siglo XX, esas tensiones derivaron en enfrentamientos directos entre vecinos.
La frontera entre ambas aldeas nunca fue una línea exacta trazada sobre el terreno, pero siempre estuvo clara para quienes vivían allí. Tanto, que la propia organización del municipio tuvo que adaptarse a esa realidad. El Ayuntamiento acabó situándose en un punto intermedio, una especie de tierra neutral desde la que gobernar sin inclinar la balanza hacia ninguno de los dos núcleos.
Con el paso del tiempo, el peso de los antiguos conflictos por la tierra se fue reduciendo y las nuevas generaciones crecieron compartiendo espacios, celebraciones y problemas comunes. La convivencia cotidiana fue tejiendo puentes donde antes había barreras, y la rivalidad acabó transformándose en un elemento más del relato colectivo.
Hoy, el municipio mantiene viva la memoria de su origen dividido, pero lo hace desde la convivencia. Los documentos históricos ligados a los Estados del Duque y la escritura de Concordia ya no separan, sino que ayudan a explicar cómo un pueblo logró superar siglos de conflicto sin borrar sus huellas.
La conquista de la independencia municipal
La singular convivencia de Los Cortijos no solo estuvo marcada por los derechos compartidos sobre la tierra, sino también por su evolución como entidad administrativa propia. Durante siglos, ambos núcleos dependían de Fuente el Fresno. No fue hasta 1940 cuando Los Cortijos logró su independencia administrativa, constituyéndose en municipio separado con pleno reconocimiento institucional.
Esa conquista tardía de autonomía, cuando contaba con alrededor de 2.000 habitantes, reflejaba un deseo prolongado de autogobierno local y de dejar atrás la subordinación a otra entidad, al tiempo que se consolidaba una identidad propia forjada a través de siglos de conflictos y acuerdos sobre el territorio.
