A orillas del río Tajo, en un paisaje que combina naturaleza ribereña, cultivos tradicionales y las construcciones históricas del casco urbano, se levanta el municipio más pequeño de toda Castilla-La Mancha por extensión. En apenas 1 kilómetro, en El Puente del Arzobispo viven unas 1.100 personas, que disfrutan de uno de los rincones con más personalidad del interior de Toledo.
Pese a su tamaño, este municipio sorprende por la fuerza de su patrimonio histórico, nacido a la sombra de un puente gótico que conectó durante siglos ambas orillas del Tajo. Entre palacios, molinos y templos medievales, los visitantes descubren una villa donde cada piedra tiene algo que contar.
El origen de la localidad se vincula directamente a ese puente, que da nombre al pueblo y que sigue presidiendo la entrada al casco histórico. Este paso fluvial convirtió el enclave en un punto clave bajo jurisdicción arzobispal, hecho que explica la presencia del majestuoso Palacio Arzobispal.
La iglesia de Santa Catalina, de estilo gótico-mudéjar, conserva la esencia de los templos toledanos medievales. A sus afueras se encuentran la ermita de Nuestra Señora de la Bienvenida y el antiguo convento de los Franciscanos, que suman espiritualidad e historia al paisaje.
El pueblo también atesora un conjunto industrial excepcional: los molinos de Santa Catalina, construidos entre los siglos XII y XV junto al Tajo. Aunque ya no están en funcionamiento, mantienen su estructura original y narran la relación ancestral de la villa con el río, el trigo y la vida artesana.
Hoy, el legado histórico se mantiene en los talleres de cerámica, tradicionalmente de color verde y que son una importante fuente de ingresos y un gran valor artístico gracias al privilegio de ser considerada esta técnica Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, junto a la cerámica de Talavera. Así, una parada obligada es conocer mejor este legado en el Centro de Interpretación de la Cerámica.