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jueves, 8 de enero de 2026
Imagen de Instituto de Geociencias (CSIC-UCM).
Imagen de Instituto de Geociencias (CSIC-UCM).
Un fenómeno sorprendente… con una explicación científica - 07/01/2026 20:00 - Toledo

En un rincón del paisaje manchego, un fenómeno geológico sorprendente despertó hace años la curiosidad de científicos y vecinos: rocas de varios kilos que parecen moverse sin intervención humana ni animal, dejando tras de sí largas trazas sobre el terreno.

Este fenómeno convirtió a la laguna de Altillo Chica en Lillo (Toledo) en uno de los escasos lugares del mundo donde las rocas parecen moverse por sí mismas. Este curioso espectáculo —similar al famoso de las “piedras navegantes” del Valle de la Muerte en Estados Unidos— ocurre de forma natural, aunque a primera vista parezca sacado de una película de misterio.


Concretamente, este paraje estadounidense del que hablamos es Racetrack Playa, donde grandes rocas dejan surcos de hasta centenares de metros sin que nadie las toque. Allí, las rocas tienen un tamaño de entre 15 y 45 centímetros y pesan hasta 30 kilos.

En diciembre de 2012, geólogos de la Universidad Complutense de Madrid, estaban en el municipio toledano tomando datos de otra investigación que llevaban a cabo cuando reconocieron numerosas trazas similares a las que se investigan en la laguna seca americana. En aquella ocasión, la traza finalizaba en una roca de tres kilos de peso, si bien han encontrado otras en la misma situación con un peso de hasta ocho kilos.

Un fenómeno sorprendente… con una explicación científica detrás

Las «huellas» muestran el espacio que recorren las rocas de manera zigzagueante y que puede llegar hasta 120 metros, pero ¿cómo es posible? Lo que ocurre en estos parajes no tiene nada de mágico, aunque resulte difícil de creer a primera vista.

Las investigaciones realizadas en la laguna de esta localidad toledana, apoyadas por estudios similares en Estados Unidos, apuntan a que el movimiento de las rocas se produce solo en momentos muy concretos.

Cuando llueve, el agua cubre el fondo de la laguna y forma una película de barro resbaladizo. Al mismo tiempo, el viento sopla con fuerza y genera corrientes superficiales que empujan lentamente las piedras. Ese desplazamiento queda registrado en el terreno: la roca avanza y el lodazal marca su trayectoria.

En el Valle de la Muerte, el proceso incluye además la formación de una delgada capa de hielo que actúa como “balsa” natural. En Lillo, sin embargo, las temperaturas y la salinidad de la laguna hacen que el hielo apenas entre en juego.

Aquí interviene otro elemento clave: un fino tapiz de microorganismos que cubre el fondo y que, al romperse con el agua, funciona como lubricante natural. La combinación de viento, agua y ese manto biológico permite que rocas de varios kilos se desplacen lentamente sin intervención humana.

 

Aunque la ciencia ha explicado los mecanismos principales, el fenómeno sigue siendo objeto de estudio y admiración, tanto por su rareza como por lo que enseña sobre la complejidad de los procesos geológicos en la Tierra.

Lo que para muchos podría parecer misterio o leyenda, es en realidad una danza natural entre la roca, el agua, el viento y la vida microbiana

Sara Acero
Sara Acero

Periodista ciudadrealeña graduada en la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM)
Ligada desde 2018 a Toledo, ciudad en la que he crecido personal y profesionalmente.
Defensora de un periodismo local que sirva de altavoz y nos conecte con la realidad más invisible.
Escribo en este medio desde 2022 sobre temas de Toledo, educación, sanidad y sucesos.

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