Cuando la vida se pone cuesta arriba…

No tener casa mata… Cáritas Toledo, el último refugio de vidas desgarradas (vídeos)

Esta es una historia de amor verdadero al prójimo, con protagonistas con una vida más o menos (in)humana, con la mirada siempre hacia adelante porque en ocasiones da pánico echar la vista atrás, con sueños aunque sean tardíos, con personas que ayudan a personas, con sanadores de emociones, con… Porque sí, no tener casa mata… Entren con nosotros en el albergue que Cáritas tiene en Toledo…

Patio del albergue de Cáritas, en Toledo. A la derecha, Virginia Rodríguez, coordinadora y trabajadora social del albergue; y Viviana Lanciano, psicóloga. Foto - Nuria García-Abadillo

Ponte en la situación de cualquiera de ellos. Haz un pequeño esfuerzo y piensa en cómo sería tu vida si… No tienes casa ni lugar donde dormir, por lo que cualquier portal o similar se te antoja un «apartamento». Ni un euro, a lo sumo algunos céntimos, en el bolsillo. Ni autoestima, y si la tienes está por el suelo. Has tocado fondo y cuando miras al cielo el azul ya ni lo reconoces, de negro que se te ha puesto…

¡La vida puede ser maravillosa! Sí, pero no para todos. O no siempre…

Esta es una historia de amor verdadero al prójimo, con protagonistas con una vida más o menos (in)humana, con la mirada siempre hacia adelante porque en ocasiones da pánico echar la vista atrás, con sueños aunque sean tardíos, con personas que ayudan a personas, con sanadores de emociones, con…

El albergue de Cáritas Toledo, las fotos de un hogar que llega al corazón

«Quien llega aquí es porque ha tocado fondo, nosotros gestionamos dramas»

Entren con nosotros en el albergue que Cáritas tiene en Toledo…

Nos recibe Virginia Rodríguez Sánchez, la coordinadora del programa de personas sin hogar, trabajadora social y con una década de experiencia en el albergue. «Quien llega aquí es porque ha tocado fondo, nosotros gestionamos dramas».

En estos momentos hay 23 personas alojadas, aunque el coronavirus ha cambiado un poco la realidad. Antes de la pandemia, el protocolo permitía que una persona pudiera alojarse dos noches, «tiempo que nos permitía al equipo técnico (psicóloga, trabajadora social y educador) hacer una valoración de la motivación de esa persona para salir del problema que tiene».

¿Existe un prototipo de «residente» en el albergue? «El mayoritario es hombre, de unos 45 a 60 años, separado, sin apoyo familiar, sin trabajo, con un nivel cultural bajo que le impide acceder a ciertos empleos y ha agotado todas las prestaciones. Y en los últimos años tenemos a muchos inmigrantes, quienes a cuando les falta el trabajo se quedan en la calle».

Atraco al banco, a la cárcel, a la calle, a robar, a la cárcel, a la calle…

Mientras, vamos hablando también con los verdaderos protagonistas, casos realmente increíbles, como el del asturiano Alfredo Luis Menéndez Andrade, de 57 años y natural de Gijón… Una historia que te desgarra…

«Yo podría escribir un libro sobre mi vida… Mi familia, por parte materna, es de Toledo. Salí de la cárcel en 2018 y me vine aquí, estuve primero en una casa y ahora, que me he roto la tibia, pedí ayuda a Cáritas, a esta gente siempre tan encantadora». ¿En la cárcel? «Sí, por robos de bancos, cometí unos cuantos. A eso fue lo que me llevó la droga».

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La vida de Alfredo ha sido de película. Drogas, atracos a bancos, calle, vuelta a delinquir… Ahora ha dejado todo eso y a los 57 años ha comenzado a saber lo que es la vida.

 

Su infancia fue como fue… «Mi madre sufrió malos tratos y me fui por un camino que no tuve que coger en la vida. Empecé a los 14 años con porros, pastillas, luego con heroína, cocaína, tripis… todo lo que hubiera, y eso me llevó a robar, a la cárcel, a la calle, a robar, a la cárcel, a la calle… Cada vez que salía tenía que conseguir dinero para comprar droga y la forma más fácil de conseguirlo era atracar un banco, nunca he robado a la gente en la calle».

Nada menos que 23 años, en diferentes etapas, en prisión, ahí es nada.

Su vida, una película en sesión continua, tiene ahora otro horizonte. «Dejé las drogas, me ayudaron, he empezado a vivir ahora, con 57 años… Me río, lloro, cosas que antes no podía hacer. Y aunque sea muy tarde, mi vida ha cambiado a mejor. Siempre he encontrado una ayuda en Cáritas, ellos siempre con una sonrisa, nunca me han dado un no por respuesta…».

Y sí, claro que alguna vez ha tenido que dormir en la calle, «y la gente me ha tirado piedras e incluso me metieron fuego en una cueva en la que vivía. Sí, en la calle hay mucha soledad».

«Dormía debajo de un puente o en una casa abandonada»

La vida de Gregorio Lozano, madrileño de 56 años, ha sido la calle. Literalmente. «Desde los 25 años -recalca-, no tenía lugar dónde dormir, de albergue en albergue. Cuando he podido me he pagado una pensión, pero han sido las menos veces».

Lleva desde junio en el albergue de Cáritas, en Toledo, colaborando como voluntario, «durante la pandemia me quedé en la calle, porque perdí el trabajo en la obra». Y sí, su familia sabe cómo está, «mis hermanos y mis padres están en una residencia de mayores en Valencia, pero ellos no me pueden ayudar».

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Gregorio Lozano, de la obra a la calle, durmiendo en ocasiones debajo de un puente o en casas abandonadas.

 

Y cuando su hogar de noche era la calle… «Pues paseaba y me iba a dormir lejos de la ciudad, debajo de un puente o en una casa abandonada, porque la ciudad es muy peligrosa y mucha gente ha sufrido ataques».

Termina con un lacónico «no tengo suerte… Espero que cambie, he echado varias ofertas de trabajo, a ver si me sale algo…».

«Aquí llegan con miedos, porque creen que es una minijungla, un espacio sin ley»

Viviana Lanciano es la psicóloga del albergue. Argentina, lleva 10 años en España y, como ella misma lo define, «realizo un trabajo de acompañamiento, que ellos puedan soltar la mochila emocional que traen porque llegar aquí es superduro, en algunos casos es la primera vez sin hogar y con acceso a un albergue».

Y da las claves de la primera vez que llegan… «Vienen con miedos porque creen que es una minijungla, un espacio sin ley, y se sorprenden porque es todo lo contrario, un espacio acogedor en el que pueden descansar después de capear situaciones personales muy duras hasta el punto de quedarse sin casa».

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Viviana Lanciano es psicóloga en el albergue de Cáritas y ella escucha a los que llegan por vez primera…

 

Aunque sus cara a cara suelen ser emotivamente duros, por las situaciones que se encuentra, «me gratifica mucho mi trabajo, llego a lo más hondo de la persona y hay muchas emociones e historias muy difíciles. Ellos necesitan que alguien les escuche y sea privado, y yo en silencio porque es su espacio, no el mío».

«Salí de Venezuela para buscar una vida mejor con mis hijos, pero se me ha hecho muy difícil»

La historia de Julio César, venezolano de 40 años, es también digna de contar. «Llegué a España con mis hijos, mellizos de nueve años, y mi esposa, pero en estos momentos no estamos juntos porque ellos están haciendo su vida en otra ciudad, nos separamos».

Lleva un año y cuatro meses en España «y ahorita no trabajo. Salí de Venezuela para buscar una vida mejor con mis hijos, pero se me ha hecho muy difícil conseguir un trabajo digno dada la situación del país. Es muy difícil el día a día, de verdad…».

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Julio César, venezolano que llegó a España buscando una vida mejor para sus hijos, pero de momento no ha podido ser…

 

Ha pasado por varias ciudades «y me han engañado muchas veces. A Toledo llegué a través de una ONG, pero luego me fui a Santiago de Compostela a trabajar en un local nocturno, pero cerró; luego fui a Valladolid a trabajar en el campo, pero no era nada de lo que me esperaba y regresé a Toledo, durmiendo en casas de amigos y en la calle varios días. ¿En la calle? Nunca duermes. Fui a una iglesia, comenté lo que me pasaba y así fue como llegué a Cáritas. Llevo unos 15 días y el que se queje estando aquí es porque quiere».

Pero tiene claro que la vida no ha ido por el camino que esperaba, «si no consigo trabajo me voy a mi país, sí…».

El día que casi se quita la vida con pastillas y… «Con una cuchilla me quise cortar las venas»

Como las anteriores, la vida de Maxi Jiménez, de 44 años, no ha sido nada fácil. Pero nada, nada… Colombiana de nacimiento, llegó a España con apenas dos meses y el último episodio que vivió… Uffff… Vivía con su pareja en un pueblo de la provincia de Toledo, «pero me di cuenta de cosas que… Me llamaba parásito y mantenido. Llevo 11 meses sin trabajo e incluso una noche tuve que dormir en la calle, en Toledo, muy mal, pasando frío, hambre…».

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Maxi Jiménez intentó quitarse la vida cortándose las venas con una cuchilla, pero gracias a que la Guardia Civil estaba cerca…

 

Incluso llegó a intentar quitarse la vida… Sí, como lo leen. «Fue hace muy poco, tomé pastillas y con una cuchilla me quise cortar las venas. Gracias a la Guardia Civil no me la quité, me llevaron al médico… Los agentes estaban en mi casa porque ella decía que la había pegado, pero era mentira, me quise suicidar y ellos me pararon, afortunadamente. Ahora llevo en Cáritas dos semanas y…».

Se emociona…

«Deseo que esto no lo pase nadie, he perdido amigos por drogas y por otras cosas, mi mejor amigo se murió en mis brazos hace 24 años. Sí, he tocado fondo, pero ahora tengo que salir».

«Tratamos de reconstruir a gente que viene rota, con sus sueños destrozados…»

La vida en un albergue… Virginia es testigo diario de cómo la vida nos pone a cada uno en un sitio diferente. Ya sin pandemia había casos duros, pero ahora con ella… «Hemos tramitado 15 ingresos mínimos vitales y tal y como está ahora el mercado laboral es muy difícil que consigan trabajo. Tenemos 31 plazas de alojamiento, que debido a la Covid se han quedado en 25 y solo tenemos dos camas libres (este reportaje se realizó el 21 de octubre). Cuando está a tope derivamos a otros albergues de Cáritas».

Para entrar también hay condiciones, ojo, «porque quien no quiere trabajar, generalmente no entra». A Virginia, «lo que más me toca, son las mujeres que llegan destrozadas en todos los aspectos. Hay casos críticos de tratas de blancas, prostitución, violencia…».

En realidad, en el albergue «tratamos de reconstruir a gente que viene rota, con sus sueños destrozados, que no tienen fe, esperanza ni ganas porque han vivido sucesos traumáticos y creen que no pueden acceder a nada. Por eso tratamos de motivar y de dar un refugio y una familia».

El horario es muy estricto y los voluntarios son imprescindibles

¿Cuántos se recuperan? «Pues sí conseguimos recuperar a mucha gente, un 20 por 100 de la gente que viene sale muy bien». Y eso es un logro de los que allí trabajan, no lo duden. Que se dejan la piel.

Aquí no hay trifulcas y el horario es muy estricto, «a las ocho de la tarde es la cena, y quien no haya entrado, nada».

El albergue está abierto las 24 horas del día y hay una media de 36 voluntarios que realizan una labor que se antoja imprescindible. Incluso hay duchas, comedor y lavandería para gente que no esté alojada aquí, «pueden venir unas 30 personas cada día, al margen de los que están en el albergue».

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Virginia Rodríguez es la coordinadora del albergue y una de las que lucha, día a día, para que la gente sin un techo pueda algún día acceder a él.

 

Y Virginia tiene una queja… Importante, por cierto, «hace falta un parque de viviendas protegidas para personas que no pueden acceder a una en un mercado normalizado, por la que paguen un importe simbólico ya que no pueden abonar 400 euros de euros por un alquiler».

También se les da una gran oportunidad, quizás la única que tengan muchos de ellos en sus vidas, gracias a un programa de inserción sociolaboral, «en la primera planta del edificio, con siete habitaciones individuales. Sus ocupantes están en la búsqueda activa de empleo, tienen un horario… Valoramos quiénes están preparados para entrar en el programa, con medidas muy concretas y objetivos muy claros. Dura seis meses y se puede ampliar a un año, más no porque se queman, se acomodan o algo falla».

Porque, efectivamente, no tener casa… también mata

Por cierto, que hoy comen, entre otras cosas, merluza al horno con verduras; y de cena paninis con picadillo gracias a Bego, la cocinera que suple a las dos que en estos momentos están de baja.

El albergue de Cáritas en Toledo, un lugar donde sobrevivir más que dignamente, donde las personas vuelven a serlo, donde la autoestima vuelve a su ser… Porque, recuerden, no tener casa puede llegar a matar…