El actor Pepe Viyuela recibió anoche el Premio Corral de Comedias en la tradicional liturgia que sirvió para dar el pistoletazo de salida a una nueva edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, en un acto que llenó el histórico espacio escénico y en el que el homenajeado convirtió su discurso en un alegato poético, político y vital en defensa del teatro.
Como buen narrador, Viyuela comenzó su intervención anclado en el “Érase una vez” para situar en el centro de su relato a “un ser en mitad de una galaxia lejana a quien le gustaba contar y escuchar historias”. Un ser “capaz de imaginar”, aficionado a “recrear la existencia” e igual de capaz de “inventar algo que llaman teatro”.
Desde ahí, el actor construyó una fábula sobre el origen mismo de la escena, un teatro entendido como “una ceremonia” en la que aquellos seres “perdidos en aquella lejana galaxia” miraban “a los ojos de los dioses para contarles la imperfección de su obra”.
En ese teatro imaginado por Viyuela, sus habitantes utilizaban máscaras que, “paradójicamente”, les servían para mostrarse “con mayor transparencia” y que “desaparecían cuando llegaban los aplausos”. Sin embargo, advirtió de que esas máscaras “no desaparecían” en la vida, lo que llevaba a los personajes a convertirse en desconocidos.
El actor terminó desvelando que esos espectadores, ese escenario y esa ceremonia fugaz eran, en realidad, los propios seres humanos dentro del “precioso juego” del teatro. Un invento que, a su juicio, dotaba al planeta de “dignidad” por su capacidad para permitir a quienes participaban en él “soñar libres y alimentar sus anhelos y esperanzas”.
“El teatro es un hermoso juego con capacidad para modificar la existencia y la convivencia. Por eso hubo algunos que, en algún momento, torpemente intentaron prohibirlo o maniatarlo, pero el teatro encontró siempre su modo de renacer. Su aroma de inmortalidad es su esencia”, proclamó Viyuela desde las tablas del Corral de Comedias.
El homenajeado aprovechó precisamente ese espacio, uno de los teatros “más antiguos del mundo” y “conservado en perfecto estado”, para subrayar la dimensión eterna del teatro. Un lugar que, según recordó, estuvo a punto de desaparecer de no haber permanecido “escondido durante siglos”.
“Respiren. Aquí se respira esperanza. Se fabrica energía para imaginar y crear un mundo mejor. ¿Lo sienten? Estoy seguro de que sí. ¿Por qué no pensar que este corral puede ayudarnos a descubrir e imaginar un mundo nuevo?”, se preguntó ante el público.
Ese mundo nuevo al que apeló Viyuela sería, en sus palabras, aquel en el que “una humanidad sepultada por los muros de la intransigencia y el odio pueda llegar a renacer de nuevo, luminosa y libre”.
El actor también centró buena parte de su discurso en la palabra como materia prima del teatro. Una palabra entendida como instrumento para “acercarse al otro”, como “caricia”, pero también como “aguijón que nos despierta”.
En esa línea, defendió que el teatro se inventó “para evitar la guerra”, para “sustituir los campos de batalla por escenarios” y cambiar “los cañonazos por diálogos repletos de belleza”. También para cambiar “la bomba por la ironía” y “el puñal por el verso”.
Que no caiga el telón ante la desinformación y la IA
Viyuela advirtió de que este arte debía ser protegido y llamó a no consentir “que caiga el telón” ni a “aplaudir al villano antes de que acabe la función”.
En un tiempo marcado, según señaló, por la desinformación, las redes sociales “infectadas de rencores”, una inteligencia artificial “muy artificial pero nada inteligente”, el “exterminio en Gaza” y las guerras “por dominar estrechos”, Viyuela reivindicó el teatro como un arte “revolucionario” y “lúcido”, capaz de llevar a la sociedad “no solo a sobrevivir, sino a vivir con dignidad”.
El acto de entrega del premio contó además con una sorpresa familiar para el actor. Sobre las tablas del Corral actuó una improvisada compañía formada por su pareja, Elena González; sus hijos, Camila y Samuel; y Lola, la primera nieta del actor y cómico, arropados por el arpa de Sara Águeda.
La intervención emocionó al propio Viyuela y al público asistente, y cerró una ceremonia marcada por el reconocimiento, la palabra y la defensa del teatro como espacio de libertad, memoria y esperanza.