sábado, 6 de junio de 2026
Butragueño y Santacruz en una foto de archivo
Butragueño y Santacruz en una foto de archivo
Columna de opinión - 06/06/2026 18:29 - Toledo
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Cuando Guillermo Santacruz leyó su discurso de ingreso como académico de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, en diciembre de 1968, aún faltaba casi una década para que yo naciera. Pese a esa gran diferencia de edad, hoy siento que verdaderamente se ha marchado un amigo. Su pasión por Toledo, su impresionante memoria, su amplísima cultura y —muy especialmente— su carácter abierto y afable, hicieron que cada encuentro con él fuese para mí una auténtica gozada que yo intentaba alargar, exprimir y retener al máximo, consciente del lujo que era poder aprender —y comprender— tantas cosas con él.

En mi despedida, no hablaré de sus facetas más conocidas como arquitecto o urbanista, sobradamente alabadas y descritas por prestigiosos y reconocidos compañeros. Lo haré desde el bonito vínculo que nos unió cuando nos conocimos: el de la divulgación de material gráfico. Desde el primer momento, ambos descubrimos que eran muchos los temas de conversación que a los dos nos interesaban, siempre con Toledo como denominador común: de la historia a la agricultura y la botánica, pasando por el fútbol o la gastronomía. Al poco tiempo de mi acceso a la Real Academia, Guillermo puso mucho interés en que fuese a su casa, pues tenía “algo” que quería a toda costa enseñarme. Cuando le pregunté de qué se trataba, se limitó a decirme —con esa pícara sonrisa que le caracterizaba—: “tú ven pronto, pero ven sin prisa”.


Lógicamente, hice hueco en cuanto pude y me presenté en su casa una tarde en la que logré asegurarme de no ir pendiente del reloj. Cuando crucé el umbral de su puerta, enseguida me empezó a hablar de un proyecto que le había encargado un amigo en los años 60 para el que él había elaborado unos planos como favor personal. Como a Guillermo no le parecía conveniente cobrarle por ese trabajo, en agradecimiento por ello dicha persona decidió hacerle un regalo: un tomavistas de Super-8. Aquel aparato, que la compañía Eastman Kodak acababa de lanzar al mercado en 1965, y cuyo funcionamiento Guillermo me reconoció que desconocía por completo en un primer momento, se convirtió en su acompañante inseparable en los años venideros.

Tras aquella pausada y minuciosa introducción, Guillermo fue al grano y me explicó, para mi asombro, que con ese aparato había filmado decenas de acontecimientos que él recordaba como importantes pero cuyo contenido hacía décadas que no visionaba, pues la obsolescencia del soporte y una irreparable avería habían hecho que únicamente conservara las cintas en viejas cajas, solo parcialmente identificadas.

Conocedor de mi pasión por la recuperación de imágenes antiguas de la ciudad, había recopilado aquellas viejas cintas para mí, con la esperanza de que fueran de interés. Al preguntarle si recordaba las circunstancias en las que había grabado aquellas cintas, durante acontecimientos y jornadas señaladas de la ciudad, él me dijo: “Los grababa desde dentro”. Fue en ese momento cuando comencé a intuir el valor y la dimensión de lo que Guillermo me tenía reservado. Cuando él decía “desde dentro”, se refería literalmente a que muchos de esos vídeos históricos los había grabado en el corazón mismo de los actos aprovechando su condición de arquitecto municipal de Toledo, que en aquellos años era prácticamente una autoridad más.

En definitiva, comprendí por qué Guillermo había puesto tanto interés en que fuese a su casa sin prisa: estaba ofreciéndome la posibilidad de acceder a un tesoro que muy pocas ciudades pueden poseer. Grabaciones inéditas, obtenidas con la última tecnología disponible en aquel momento, en un contexto histórico de la mayor relevancia (el final del franquismo y la transición), en una ciudad en la que sucedieron acontecimientos realmente relevantes, grabados en primera persona por uno de sus protagonistas.

Salí de su casa con una primera remesa de cintas y, ya en el ascensor, como si estuviera en una nube, mi mente no paraba de dar vueltas a cómo lograr que aquel material viera la luz del mejor modo. Enseguida tuve claro que aquello que nos había unido —la Real Academia— debía ser el canal para conseguirlo. Decidí presentar al pleno de la academia una moción para poder crear el proyecto de la Filmoteca Histórica Toledana, cuyo germen serían aquellos vídeos una vez se digitalizasen. Por suerte, mis compañeros aceptaron la propuesta y pude iniciar el proceso de digitalización con fondos de la academia, encomendando la tarea a un profesional experto en la materia residente en Madrid: José Luis Sanz, responsable del estudio Ocho y Pico.

Nunca olvidaré la impresión que me causó explorar el disco duro de la primera remesa digitalizada. Aquel cosquilleo de no saber qué me encontraría era lo más parecido a abrir un viejo cofre del tesoro. Es preciso recordar que ni siquiera Guillermo sabía bien qué había allí, pues eran cintas que llevaba décadas sin visionar y a las que en su día tampoco dio mucha importancia (el presente siempre nos parece casi irrelevante y solo comprendemos la relevancia de esos momentos cuando pasan los años). La calidad de las imágenes, a todo color, y la abundancia de primeros planos como consecuencia de contar con un “infiltrado” de la talla de Guillermo —en ocasiones con la inestimable ayuda de su querida esposa Mercedes— me pusieron la piel de gallina.

Cobraban vida de nuevo, de un modo casi mágico, días históricos para Toledo como la visita de Konrad Adenauer en 1967, el cortejo fúnebre de Pla y Deniel en 1968, la entrada del Cardenal Tarancón en 1969, la recepción a los príncipes Akihito y Michiko de Japón en 1973, la inauguración con D. Juan Carlos y Dª Sofía del Puente de la Cava en 1976 o la visita del Papa Juan Pablo II en 1982. Sumadas a ellos, grabaciones de la vida cotidiana de la ciudad —como los basureros que aún hacían sonar su trompetilla para avisar a los vecinos—, el avance de las obras que Guillermo dirigía o supervisaba —el nacimiento del barrio de Santa Teresa, los edificios de la Caja de Ahorros Provincial o de la Caja Rural son buenos ejemplos—, eventos climatológicos como la última crecida del Tajo que inundó las vegas, hallazgos patrimoniales como la antigua portada hallada en el Ayuntamiento o visitas de los académicos a monumentos de la provincia.

Cuando los primeros vídeos fueron publicados, el propio Guillermo fue el primer sorprendido por su calidad y estado de conservación, aflorando en él recuerdos casi olvidados que daban pie a nuevas y enriquecedoras conversaciones que ahora lamento no haber grabado, pues era admirable su capacidad para recordar y narrar toda aquella época.  Poco a poco, Guillermo fue encontrando más cintas olvidadas en viejos cajones tanto en su casa de Toledo como en la de Mora. Cuando me llamaba para ir a recogerlas a su casa, siempre tenía la maravillosa sensación de estar rescatando pedazos de historia que, de otro modo, se hubieran perdido para siempre.

En definitiva, se trata de un inmenso legado audiovisual que aún seguimos escudriñando y digitalizando en la Real Academia a través de la Filmoteca Histórica Toledana, enriquecida con más vídeos que son fruto de otros acuerdos que hemos logrado firmar con instituciones como la Universidad de California, el British Film Institute o la Cinémathèque de Bretagne, que hubieran sido imposibles sin ese impulso inicial que supuso la donación de Guillermo a la institución que tanto amó.

Ahora que nos ha dejado, solo podemos tener hacia él palabras de agradecimiento y reconocimiento. No en vano, ostenta el primer puesto en antigüedad como numerario (58 años entre 1968 y 2026) y su reciente paso a Académico Honorario Supernumerario en el pasado mes de abril supuso el broche de oro a una trayectoria académica, profesional y humana muy difícil de igualar.

Con todo mi cariño, descansa en paz, querido amigo.

Enclm

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