Las caceroladas en la calle no están prohibidas, pero hay que cumplir las normas frente al coronavirus

¡Es la salud, estúpido!

La crispación que una parte de los dirigentes políticos ha elegido como guía de conducta se está trasladando a la ciudadanía, y eso es peligroso. Si no frenan en esa carrera a ninguna parte, el resultado puede ser muy negativo

Que quede bien claro: cualquier persona tiene derecho a protestar en la calle contra lo que quiera; y puede hacerlo golpeando cacerolas, envolviéndose en la bandera de España, vestido de lagarterana o como le apetezca, siempre que no altere el orden público. Pero no tiene ningún derecho a realizar esa protesta sin cumplir las normas legales establecidas para ello y, en el caso de la pandemia del coronavirus, sin respetar las normas de seguridad y protección acordadas. No tiene derecho a obrar de esa manera porque, quien así actúa, pone en riesgo la salud -y, llegado el caso, la vida- de otras personas.

En 1992, en las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos, Bill Clinton se enfrentó al entonces presidente, George H. S. Bush padre, y le ganó. Su éxito se atribuyó, en buena parte, a que centró la campaña electoral en lo que más preocupaba al pueblo americano, su situación económica, con una frase que ideó el responsable de aquella campaña, James Carville: «La economía, estúpido». A esa frase se le añadió después un «es» inicial y se convirtió en un lema internacional, utilizado desde entonces para destacar lo que es realmente importante en una situación determinada.

Unos cuantos dirigentes políticos españoles podrían aprender algo de esa frase que tanto benefició a Clinton. A ellos, y también a los ciudadanos que, cuando protestan en las calles, no respetan la separación necesaria para evitar el contagio del coronavirus, se les puede aplicar esa frase cambiando solo una palabra: «¡Es la salud, estúpido!».

La Policía vigila las caceroladas, no las impide

Por mucho que algunos se empeñan en decir lo contrario, ya sea por los intereses de su partido o por ceguera política, ni el Ministerio del Interior, ni la Delegación del Gobierno en Madrid -donde han comenzado las caceroladas en la calle- o en otras comunidades, ni ninguna otra autoridad han prohibido esas protestas ni han ordenado disolverlas. Lo que hace la Policía, como cualquiera ha podido ver por televisión, es vigilar para que los manifestantes guarden la separación obligada entre unos y otros. Y, como también se ha visto, en muchos casos no lo consigue.

La insensatez e imprudencia de algunas personas, que se saltan a la torera las normas de protección acordadas frente a la pandemia, puede extender un virus todavía poco conocido y provocar un rebrote de contagios que suponga un retroceso en el control de la enfermedad conseguido hasta ahora. De eso se trata, de proteger la salud y la vida de la ciudadanía, no de sacar provecho partidista de la enfermedad más grave que ha sufrido este país en un siglo. Que cada uno proteste como quiera y contra quien quiera, pero respetando las normas y sin poner en peligro a los demás.

Los políticos que producen vergüenza ajena

Precisamente por eso, porque se trata de la salud y la vida, produce vergüenza ajena ver y escuchar cómo algunos dirigentes políticos están utilizando esta pandemia únicamente para sus intereses partidistas y personales, cuando lo que más debería ocuparles y preocuparles en esta situación es la salud y la vida de la ciudadanía. A todos ellos les viene como anillo al dedo la frase que ayudó a Clinton en su carrera hacia la Casa Blanca y habría que gritarles: «¡Es la salud, estúpido!».

Se suele decir que el tiempo pone a cada uno en su sitio. En este caso es la ciudadanía quien debería poner a cada político en su sitio, cuando llegue la hora de votar. Si la memoria no fuera tan frágil y selectiva como suele serlo a la hora de depositar el voto en la urna, el electorado debería pensarlo bien y poner alejados de la responsabilidad política a esos políticos que ahora se dedican a acusar a otros sin ninguna prueba, a manipular datos y repetirlos aun sabiendo que son falsos, a decir un disparate cada día, a presentar denuncias en los tribunales a sabiendas de que no van a prosperar y, en definitiva, a crispar la vida política con el único objetivo de sacar algún rédito político.

La crispación que una parte de los dirigentes políticos ha elegido como guía de conducta -basta seguir cada semana las sesiones de control al Gobierno en el Congreso para comprobarlo- se está trasladando a la ciudadanía, y eso es peligroso. Si no frenan en esa carrera que han emprendido a ninguna parte, el resultado puede ser muy negativo. Para ellos y para la sociedad en general.