Ana Cristina Díaz no habla del campo desde la nostalgia ni desde el tópico. Lo hace desde dentro, con 27 años, unas 700 ovejas de ovino en extensivo y una vida que empieza cada día pendiente de los animales, del tiempo, de la paridera, del pasto y de todos esos imprevistos que no caben en una jornada laboral convencional. Natural de Bolaños de Calatrava, ha decidido quedarse en su pueblo y dedicarse a la ganadería en un momento en el que buena parte de los jóvenes mira hacia la ciudad como salida casi automática.
Su historia, sin embargo, no comenzó como una decisión planificada al milímetro. Ana Cristina estudió un grado medio de FP de Producción Agropecuaria y después continuó con el grado superior de FP de Paisajismo y Medio Rural. Desde pequeña le habían gustado los animales, especialmente los caballos, y el campo formaba parte de su vocación. Pero el salto definitivo llegó de golpe, durante la pandemia, cuando su tío sufrió un infarto y la explotación familiar necesitó manos. «La ganadería no puede descansar«, recuerda.
De la noche a la mañana, junto a su padre, empezó a hacerse cargo de las ovejas. Lo que en un principio fue una necesidad acabó convirtiéndose en una forma de vida. «Empezó a gustarme cada vez más, hasta que me salió la oportunidad de poder crear mi propia ganadería y no lo dudé un segundo», explica. Reconoce que hay días en los que el trabajo pesa, pero también que la satisfacción de trabajar para una misma compensa buena parte del esfuerzo. «Trabajar para ti es increíble», resume.
Una jornada sin dos días iguales
En su explotación no existen dos días idénticos. Esa es, precisamente, una de las cosas que más le gusta de su oficio. Si están en época de paridera, el trabajo se multiplica. Hay que vigilar a las ovejas, atender a los corderos, comprobar que las madres los aceptan, ayudar cuando alguna no puede mamar o cuando el parto se complica. En esos momentos, las jornadas pueden alcanzar las 14 horas.
En primavera, en cambio, el ritmo cambia. Este invierno ha llovido mucho y eso ha dejado más comida en el campo. Aun así, la rutina exige estar pendiente de todo: echar de comer, soltar el ganado, mover el pasto eléctrico cuando la zona ya ha sido aprovechada y revisar continuamente el estado de los animales. Para quien mira desde fuera, puede parecer una vida repetitiva. Para ella, es justo lo contrario.
La parte más desconocida está en esa vigilancia constante. No se trata solo de tener animales, sino de leerlos, anticiparse y saber cuándo algo no va bien. Ana Cristina insiste en que el trabajo ganadero requiere presencia, paciencia y conocimientos. Y también capacidad de aguante.
El relevo generacional y el muro de la burocracia
La joven ganadera es clara cuando habla del futuro del sector. Cree que faltan manos y que no se está facilitando verdaderamente la incorporación de gente joven al campo. A su juicio, las ayudas públicas y los discursos institucionales no siempre coinciden con la realidad que se encuentra quien intenta montar una explotación.
«Al principio lo pintan muy bonito, pero luego la realidad es otra muy diferente», señala. Su principal crítica se dirige a la burocracia. Habla de trámites lentos, documentación compleja y procesos que pueden bloquear durante meses el inicio de una actividad. En su caso, asegura que tardó alrededor de un año en conseguir su código de explotación.
Por eso reclama un apoyo «real y verdadero» para los jóvenes. No solo campañas o mensajes optimistas, sino menos trabas y más agilidad administrativa. Considera que una persona joven con ilusión por crear un negocio en el campo no puede estar tanto tiempo esperando a que se resuelvan papeles básicos para empezar.
También advierte de otra dificultad. Comenzar desde cero es prácticamente imposible sin respaldo familiar. «Nada más que el arrendamiento de la finca y la compra de muy pocos animales, con el precio que tienen ahora mismo, ya te has quedado sin la ayuda de incorporación», explica. En su opinión, el apoyo económico de la familia y la experiencia de quienes ya trabajan en el campo siguen siendo claves durante los primeros años.
La lengua azul y el miedo al verano
A las dificultades estructurales se ha sumado en los últimos años el impacto de las enfermedades en el ganado. Ana Cristina ha vivido con miedo e incertidumbre los efectos de la lengua azul, una enfermedad que ha golpeado al sector ovino en Castilla-La Mancha. En su explotación, el pasado verano hubo muertes de ovejas madres y también de carneros. Además, en la paridera de septiembre nacieron muertos alrededor de 40 o 50 corderos, con el consiguiente impacto económico.
Ahora mira al nuevo verano con preocupación. Las temperaturas suben, el mosquito transmisor sigue siendo una amenaza y la incertidumbre vuelve a instalarse en las explotaciones. «Mucho miedo con lo que pueda pasar este año», admite.
Del campo a las redes
Pero Ana Cristina no solo trabaja en el campo. También lo enseña. En Instagram suma más de 31.000 seguidores y en TikTok casi 20.000, donde comparte vídeos de su día a día como ganadera. Su objetivo no es adornar la vida rural, sino mostrarla tal y como es, con sus esfuerzos, sus rutinas, sus animales y sus contradicciones.
Quiere transmitir que hoy la gente joven que está en el campo no lo hace como castigo ni por falta de alternativas. «Estamos en el campo porque queremos trabajar en el campo«, defiende. Frente a la imagen de que quien no estudiaba acababa en la agricultura o la ganadería, reivindica un sector cada vez más profesionalizado y digitalizado, con avances que ayudan en el trabajo diario.
También cree que las redes están cambiando la percepción social del mundo rural. Nota que mucha gente se ha cansado de la vida perfecta que se proyecta en internet y busca contenidos más reales. Sus seguidores se interesan por la ganadería, por los animales, por las curiosidades del oficio y por una forma de vida que muchos desconocen.
Ser mujer joven en un sector tradicionalmente masculino no le ha impedido abrirse camino. Reconoce que al principio puede sorprender ver a una mujer en la ganadería, pero sostiene que las barreras se diluyen cuando el trabajo demuestra la capacidad de cada persona. Para ella, no se trata de trabajar «como un hombre», sino de hacer el mismo trabajo que cualquier profesional del sector.
Cuando se le pregunta qué diría a un joven que duda entre quedarse en el pueblo o marcharse, Ana Cristina no duda. Le diría que mire mejor a su alrededor. Que en los pueblos también hay oportunidades, aunque haya que buscarlas. Habla de oficios que faltan, de trabajos que casi nadie quiere hacer ya, de tranquilidad, de libertad y de una vida más pausada. «Sin duda le diría que buscara vivir en un pueblo y buscar trabajo en los pueblos», concluye.
