«Si no fuera por INCISO, me encontraría en la calle». Alfredo lo dice sin rodeos. Tiene 68 años, está a punto de cumplir 69, cobra poco más de 600 euros y vive desde marzo en un piso compartido de Ciudad Real junto a otros tres hombres. No son estudiantes, aunque bromea con que, «salvo por las fiestas», su convivencia se parece bastante. El mayor tiene 78 años. Todos han llegado allí después de comprobar que tener un techo propio se ha convertido prácticamente en un lujo cuando los ingresos apenas alcanzan para sobrevivir.
Alfredo es uno de los once beneficiarios de ‘Hogares con Vida’, un proyecto impulsado por la Fundación INCISO que ofrece una alternativa residencial a personas mayores con pocos recursos económicos y que, al mismo tiempo, trata de combatir otro problema que no aparece en los portales inmobiliarios: la soledad no deseada.
La entidad dispone actualmente de tres viviendas en Ciudad Real, dos para hombres y una para mujeres, pero la demanda permitiría ampliar considerablemente el proyecto. De hecho, tiene entre 15 y 20 personas en lista de espera, una cifra que sigue creciendo porque las solicitudes llegan prácticamente a diario. El problema no es la falta de personas que necesiten este recurso, sino encontrar viviendas a precios que hagan viable su incorporación al programa.
«Con esta subida brutal de los alquileres en Ciudad Real es casi misión imposible poner en marcha este proyecto y atender las necesidades de las personas que están en cola», resume el director técnico de INCISO, José Miguel Pérez Taboada.
La entidad ha comprobado esa dificultad en primera persona. El tercer piso debía haber abierto en junio, pero no lo ha hecho hasta hace apenas unos días porque no encontraban una vivienda a un precio asumible. Un inmueble de cuatro dormitorios puede moverse ya, según explica la organización, por encima de los 1.000 euros mensuales, con precios que en algunos casos alcanzan los 1.300 euros y más.
Y esas cifras chocan frontalmente con la realidad de sus usuarios. Hay pensiones de 628 euros, otras que rondan los 680 u 800 y personas que ni siquiera perciben una pensión y sobreviven con ayudas sociales.
«¿Y qué comes?»
Alfredo conoce perfectamente esa cuenta. Durante buena parte de su vida trabajó allí donde encontraba jornal. Hizo la vendimia, recogió cebollas, plantó melones y trabajó en hoteles en Palma de Mallorca o Zaragoza. Durante años fue moviéndose de un lugar a otro y conviviendo con otros trabajadores. El problema apareció cuando llegó el momento de mirar su vida laboral.
«Yo tuve problemas pensando que me iba a quedar una buena paga y resulta que no había cotizado, había estado cobrando en negro«, recuerda. De más de 35 años trabajando, asegura que solo tenía reconocidos once de cotización.
Primero accedió al Ingreso Mínimo Vital y después a una pensión no contributiva de algo más de 600 euros. Mientras tanto, los precios de la vivienda que él recordaba habían desaparecido.
«Al principio de venir por aquí venía con 1.900 euros ahorrados y podía alquilar un piso por 200 o 300 euros, un piso bien, con dos o tres habitaciones. Ahora por 350 euros no encuentras ni una habitación«.

Tres de los usuarios de la vivienda junto a Alberto, uno de los educadores sociales de INCISO que les hace el seguimiento
Antes de llegar a ‘Hogares con Vida’ pasó por un recurso de Cáritas y buscó otras alternativas. La operación era sencilla y demoledora: «Cobrando 600 euros es imposible. ¿Qué comes? ¿Cómo te compras unas cuchillas de afeitar?».
En ‘Hogares con Vida’ aporta alrededor del 20% de sus ingresos y tiene incluidos el alojamiento y los suministros. Eso le permite conservar dinero para comida, ropa o algo tan cotidiano como entrar en un bar a tomarse un café.
«No bebo ni fumo y no tengo gasto, más allá de algún café. Por lo menos me da para tomarme un café«, cuenta.
Un piso contra la pobreza y la soledad
Pero el techo es solo una parte del proyecto. Alfredo comparte casa con Manuel, Antonio y José. Cada uno compra y cocina su propia comida y mantiene sus horarios. La limpieza la organizan entre ellos. No han necesitado siquiera el cuadrante que inicialmente iban a prepararles.
«Nos ponemos todos de acuerdo. Lo mantenemos todo muy limpito».
Y cuando vuelve a casa, hay alguien. «Lo bueno que tienen estos pisos es que nunca estás solo. Cuando llegas a una edad, verse solo es muy jodido. Los hijos no cuentan contigo, cada familiar por su lado…» Sus hermanos están repartidos por España y habla con ellos, pero distingue entre una llamada telefónica y abrir la puerta de casa al final del día.
Ese es precisamente el segundo pilar de ‘Hogares con Vida’. INCISO no se limita a alquilar el inmueble. Un educador social y una trabajadora social hacen seguimiento de la convivencia, organizan actividades y trabajan para integrar a sus usuarios en la comunidad. También ofrecen alfabetización digital para facilitar, entre otras cosas, el contacto con familiares.
La experiencia conecta con historias como la de Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años que fue desahuciada recientemente de la vivienda del barrio madrileño de Retiro en la que había vivido durante más de 70 años y tuvo que salir en camilla. Distintas circunstancias, pero una misma pregunta de fondo: qué ocurre cuando hacerse mayor coincide con unos ingresos reducidos y un mercado residencial inaccesible.
«Son personas que han trabajado toda la vida»
‘Hogares con Vida’ nació precisamente para evitar que esa combinación termine empujando a personas mayores hacia la exclusión residencial. El proyecto cuenta con financiación de la Fundación «la Caixa» y de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, mientras sus participantes aportan entre un 20% y un 30% de sus ingresos. El resto lo cubre INCISO, incluidos alquileres y suministros.
«Son personas que han trabajado toda la vida, han cotizado lo que han cotizado y se han quedado con lo mínimo«, explica Pérez Taboada.
La Fundación quiere abrir más viviendas. Demanda tiene de sobra. Recursos limitados también. Pero incluso disponiendo de más financiación se enfrenta a una barrera previa: necesita encontrar propietarios dispuestos a alquilar sus viviendas a precios asumibles.
Por eso la organización lleva tiempo haciendo un llamamiento a quienes tengan pisos vacíos en Ciudad Real para crear una especie de bolsa de vivienda vinculada al proyecto. INCISO sería quien firmaría y pagaría el alquiler y dispone además de un seguro para ofrecer garantías al propietario.
«Si alguien tiene un piso cerrado y puede ser pertinente ponerlo a disposición del proyecto, nosotros encantados de poder acceder a un alquiler asequible». Porque detrás de esas puertas no hay únicamente once personas buscando dónde dormir. Hay vidas que continúan.
Alfredo y sus compañeros incluso cultivan un pequeño huerto junto al cementerio, con tomates, pimientos o lechugas. Parte de lo que recogen se lo comen y otra parte la regalan a comerciantes y vecinos que les ayudan. Una pollería cercana, cuenta, les aplica descuentos. En algún bar les invitan alguna vez. Una pequeña red comunitaria levantada alrededor de quienes podrían haberse quedado fuera del sistema.
«Tienen derecho a vivir dignamente«, reivindica Pérez Taboada al hablar de personas de entre 60 y 80 años.
Alfredo, mientras tanto, lo explica de una forma mucho menos teórica. Está a punto de cumplir 69 años, comparte piso con tres hombres y después de una vida trabajando vuelve a tener algo tan elemental como una llave y una casa a la que regresar.
