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lunes, 30 de enero de 2023
Manuel Palencia.
Manuel Palencia. Foto: Rebeca Arango.
El escritor nos habla de su último libro - 21 julio 2022 - Toledo

«En un bar de parroquia, en un bar de barrio, cabe todo el mundo y el mundo entero cabe en él». Es solo una de las frases con las que el escritor e historiador de Toledo Manuel Palencia acompaña el capítulo de la taberna San Justo Precio en su libro «Bares para el recuerdo. Días de vino y rosas», editado por Almud Ediciones.

Dicho local forma parte de los 28 (20 de Toledo, y otros de Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, además de otras zonas) que se recorren en este trabajo literario, de marcado carácter intimista, en el que Palencia busca rescatar el ambiente del alterne de la década de los 80 y de principios de los 90.


«Un especial homenaje a una época inolvidable»

Quedamos con Manuel en la puerta del ya cerrado El Tropezón, cuya portada es una de las pocas que conservan el mismo aspecto de aquella agitada época de algarabío, botellines, confidencias, versos, periódicos y demás aditivos. Recuerda que en este pequeño local se producía una especie de «simbiosis» al juntarse gente joven con gente más mayor, mientras se jugaba al «pinball, a las primeras máquinas electrónicas, se comía, se merendaba, se cenaba…».

De Carnaval.

«Bares para el recuerdo. Días de vino y rosas», que se puede comprar en todas las librerías de la ciudad de Toledo, surgió hace 11 años a raíz de la publicación de 11 artículos en el diario ABC, a través de los que Manuel quería rendir un especial «homenaje a aquella época inolvidable, en la que toda la juventud toledana alternaba en el Casco de Toledo».

Desde entonces quiso ampliar la serie de bares y durante la pandemia pudo completar perfectamente su idea y terminar el libro.

Nos explica que «no están todos, pero sí los más importantes» en este trabajo que para él es muy «completo», con más de 140 fotografías (muchas de ellas inéditas), con un poema al final de cada artículo y en el que los mismos cuentan con continuas referencias musicales que pueden disfrutarse mediante un listado de cinco horas que se encuentra en la plataforma Spotify. Se puede acceder a él a través de un código QR ubicado en la contraportada del libro o a través de este enlace.

«Ajetreo con las drogas» pero «en un ambiente muy cultural»

Manuel cuenta que «muchos de mis recuerdos coincidían con los de muchos toledanos, gente conocida y desconocida. Fue apasionante ver que la gente se identificaba con las imágenes, metáforas… El ambiente que humildemente intento transmitir».

«Es el libro que más respuesta ha obtenido en la calle de los que he escrito«, cuenta orgulloso de ese «feedback» que «Bares para el recuerdo» está generando.

Está dedicado especialmente a, entre otras personas, «dos amigos que no están (Jechi y El Chirla)». Y a «mucha gente de mi generación que desapareció. Había mucho ajetreo a través de las drogas, que las vivimos de una forma muy intensa y también muy natural, desgraciadamente. Gente muy interesante y muy valiosa se fue entonces».

El Chato, Jechi y Carlos.

Pero Palencia no quiere dejar que solo quede ese aspecto de La Movida en el recuerdo. Y es que en Toledo «no era tan dura como Madrid» y «vivíamos rodeados de un ambiente muy cultural. Hoy se mira como objeto de estudio esa época de mucha convulsión. Estábamos en bares, pero también en teatros, bibliotecas, en la Universidad…».

De hecho, en el libro se perciben las inquietudes culturales de unos jóvenes llenos de un romanticismo especial que no dudaban en imaginarse, por ejemplo, a la vanguardia de la mítica «Orden de Toledo«, de Lorca, Buñuel, Dalí y compañía.

El respeto entre jóvenes y menos jóvenes

En la calle de los Bécquer se hallaba «El Hogar Obrero«, una taberna «maravillosa, enorme, que se calentaba con estufas de leña» y a la que acudía «una cantidad enorme de parroquianos a jugar a las cartas, al dominó, a beber vino, espirituosos, anís, coñac…», recuerda Manuel.

Como era un lugar escondido, Manuel y sus amigos, que entonces tenían 14 o 15 años, podían realizar sus primeras «incursiones en el hachís, en el vino blanco y en esas cosas que todos en aquella época empezábamos a experimentar».

Bastante curioso resultaba el hecho de que «los mayores aceptaban nuestra presencia con total naturalidad. Era un respeto mutuo», señala, reconociendo que es uno de los lugares de los que conserva un recuerdo más bonito, «por lo antiguo».

A menudo, era el lugar de destino tras haber escuchado previamente en las privilegiadas audiciones de Chélix Disco, una tienda de música ubicada en la plaza de San Nicolás, temas de Pink Floyd, Supertramp o Led Zeppelin.

Manuel también nos lleva a «La Taberna«, más conocida como «El Bartolo«, emblemático «cuartel general de cientos de toledanos» ubicado en la calle del Cristo de la Luz, que en su momento regentó el querido Alfonso, el Bartolo, «un mago maravilloso» que dotaba de gran personalidad el lugar y «que nos dio pie a que compartiéramos muchísimas historias, que hiciéramos amigos, que nos enamoráramos, que escucháramos la mejor música del mundo…».

Manuel, junto a Alfonso, El Bartolo.

En esta «casa madre» recuerda que «en alguna ocasión, por estar haciendo cosas que no debía en el almacén, me quedaba encerrado, solo o en compañía, en el local hasta el día siguiente, a las 11 o 12, que era cuando alguien abría».

Personajes y bares inmortales

Palencia hace un recorrido claramente autobiográfico, en el que, sutilmente y con valentía, desnuda una parte trascendental de su juventud. No obstante, como recalca «no todo es verdad, es literatura, no debemos olvidarlo». Y por esa introspección narrativa pasan personajes reales que no resultarán ajenos a los ojos de los lectores que pudieron vivir aquella época.

Es el caso del «hondureño vagamundos» Toni, que regentaba «El Macondo«, lugar en el que el salseo se «mezclaba gozoso» con el soul o el bluesrock; el del carismático, «sensato y discreto» Carpa, dueño del Bar Centro, en la Plaza de Montalbanes, famoso por los metros de botellines; o el del «archiconocido» Manolo Partearroyo, quien, junto a Manel, fundó el «Manhattan» en El Miradero.

Manolo Partearroyo y Fernando, en el Marlene.

En las páginas hay lugar para la conocidísima taberna «Los Candiles«, ubicada al lado del convento de San Clemente. Palencia recuerda las «barajas mohosas de cartas hinchadas que cogíamos del mostrador y el puñado de garbanzos que contaban nuestras victorias» y también llega a su memoria alguna que otra improvisada estampa.

«La Chapi«, ubicada en la calle Chapinería y que ilustra la portada del libro, es recordada por el autor por su «ambiente musical». Del bar «El Patio«, más conocido como «La Cana» (por varias posibles razones), en la calle Tendillas, recuerda al tabernero bajito y paciente «de cara enrojecida», el «olor a vino rancio» y un «lúgubre descubrimiento», que tal vez no todos conozcan, y que dejamos que descubran en el libro.

Ino, Santiago, Adolfo y Adrián en La Chapi.

«Garcilaso«, «El Enebro«, «Ambos mundos» (hoy es la librería «Hojablanca«; «bonita metáfora», observa el autor), «El Marlene«, la casa de comidas «El Nido» (con sus fandanguillos y sus riñones de cordero con pimientos), «El Garaje» o «El Tierra«, entre otros tantos locales de Toledo, ocupan lugar en este trabajo literario.

Y también nos encontraremos «La Taberna Botes» (de Cuenca), «El Gato» (Ciudad Real) y «La Bolera«(Guadalajara).

Leer «Bares para el recuerdo» es introducirse en el ecléctico, bohemio y costumbrista mundo de una época alocada, inolvidable y auténtica (con todas sus aristas). En realidad, es un rico relato de relatos repleto de menciones literarias y musicales, en el que los botellines y «el olor a incienso, hierba y trementina» se mezclan con Gustavo Adolfo Bécquer, Shakespeare, Los Chunguitos, Lope de Vega o James Dean.

Sepan, ávidos lectores, que, aunque no hayan estado en esos locales en concreto, si son de una determinada generación, se trasladarán, cargados de nostalgia, a aquellos de otras ciudades o pueblos que sí conocieron.

Encontrarán en las páginas afamadamente escritas por Palencia la adrenalina y el encanto diario de los bares que llevan en el corazón, con sus luces y sus sombras, pero, sobre todo, con su esencia. Días de vino, días de rosas. Los recuerdos siguen en los bares. No se lo pierdan.

Manuel Palencia. Foto: Rebeca Arango.

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