Manifestantes en Madrid niegan que exista el virus, no usan mascarillas y piden besarse y abrazarse

¿Ignorantes, provocadores o iluminados fanáticos?

Quien no se fíe del Gobierno, las comunidades autónomas y los medios de comunicación, que pregunte a cualquier familiar o persona conocida de un hospital. Así comprobará que el coronavirus no es un invento, ha causado contagios y muertes y no ha desaparecido

Protestar por protestar, pero sin ningún argumento serio que justifique la protesta. Eso es lo que han hecho 2.000 o 3.000 personas en Madrid, muchas de ellas sin mascarilla y sin guardar la distancia de seguridad recomendada por las autoridades sanitarias y los especialistas. Y, por increíble que parezca, gritaban que el coronavirus no existe y que esta pandemia -que afecta a todos los países del mundo- es un invento. En otras palabras: que muchísimos millones de ciudadanos españoles y de todo el planeta están equivocados, o engañados, y sólo ellos están en posesión de la verdad. ¡Cuánto trabajo para los psicólogos!

Vaya por delante que esas personas tienen todo el derecho a manifestarse contra lo que quieran, como cualquiera, siempre que lo hagan respetando las normas previstas para esas protestas en la calle. Pero no tienen ningún derecho a jugar con la salud o la vida de los demás, que es lo que hicieron en la tarde del 16 de agosto, domingo, en la madrileña plaza de Colón. Incluso se vio y escuchó allí a algún energúmeno pidiendo a la gente que se besara y abrazara porque, como niegan que exista el coronavirus, afirman que los besos y los abrazos no contagian. ¡Qué atrevida es la ignorancia!

En medio de tantas muertes y contagios como ha ocasionado el coronavirus, resultaba patético escuchar en esa manifestación gritos de «¡libertad, libertad!», «queremos ver el virus», «lo que mata es el 5G» y otros similares con los que niegan una evidencia que todos los países están viviendo cada día desde hace meses. ¿Acaso reclaman libertad para contagiarse y contagiar a otras personas?

De la manifestación al hospital, con neumonía por coronavirus

Al día siguiente de esa protesta, un médico dio a conocer que en su hospital había ingresado un hombre de 40 años con neumonía por el coronavirus y estaba grave, a punto de ser ingresado en la UCI. Ese enfermo contó a los médicos que se había hecho los test PCR, para saber si estaba infectado por el virus, y acudió a la manifestación cuando aún no sabía el resultado de esa prueba. ¿Cuántos manifestantes irresponsables habrá en esa misma situación? ¿A cuántas personas habrán contagiado? Imposible de saber.

En televisión se ha visto en esa protesta a una mujer que aseguró ante la cámara que los hospitales están vacíos de pacientes por coronavirus. Eso es falso, porque lo desmienten los datos y los ingresos de enfermos que se registran cada día, pero habrá quien lo escuche y se lo crea. Por eso es peligroso. Y, como ocurre siempre en estos casos, tampoco faltaron los habituales gritos contra los periodistas, especialmente los cámaras de televisión a los que empiezan a gritar e impedir su trabajo en cuanto aparecen. Una actitud muy lamentable y nada democrática, impropia de personas civilizadas que tengan algo de sentido común. Pero, como dice el proverbio, de todo hay en la viña del Señor.

Según datos oficiales -que esos manifestantes no aceptarán, claro está-, hasta el 19 de agosto la pandemia del coronavirus ha ocasionado más de 22 millones de personas diagnosticadas en todo el mundo y más de 780.000 fallecidas; en España, más de 370.000 infectadas y más de 28.000 fallecidas.

Como negar que el sol sale cada día

Quien no se fíe de los datos que ofrece el Gobierno ni de los que facilitan las 17 comunidades autónomas ni de lo que cuentan cada día todos los medios de comunicación -todos sin excepción, con independencia de su línea editorial- puede hacer algo muy sencillo para comprobar que la pandemia es real y muy grave: preguntar a cualquier familiar o persona conocida que trabaje en un hospital, centro de salud o residencia de la tercera edad. Así comprobará que el coronavirus no es un invento, que ha causado muchos contagios y muertes, que no ha desaparecido y que muchas personas están infectadas aunque no tengan síntomas. Negar eso es como negar que el sol sale cada día, aunque a veces lo oculten las nubes.

Precisamente por los rebrotes que se están produciendo desde que terminó el estado de alarma, el 21 de junio, los Gobiernos de las distintas comunidades autónomas han puesto en marcha una serie de medidas de prevención, entre ellas el uso obligatorio de mascarillas. Y muchos hospitales han suspendido las operaciones no urgentes para atender a los enfermos de coronavirus que están ingresando. Y varios países han recomendado a sus ciudadanos no viajar a España -o a unas comunidades determinadas-, mientras otros exigen pasar una cuarentena a quienes regresan a ellos desde territorio español.

Ante tantas y tantas evidencias de que el coronavirus es algo muy serio, ¿alguien con la cabeza en su sitio puede pensar que todo esto es un montaje del multimillonario Bill Gates, o aceptar las teorías que lo atribuyen a supuestas conspiraciones mundiales por oscuros intereses, como sostienen Miguel Bosé y otros?

Es probable que algunas de las personas que acudieron a la manifestación del 16 de agosto en Madrid lo hicieran de buena fe y por pura ignorancia de lo que es realmente el coronavirus y el peligro de contagio fácil que conlleva. Pero allí también hubo provocadores e iluminados fanáticos, como los que siguen a rajatabla al líder de una secta aunque eso les lleve a la muerte.

La Delegación del Gobierno en Madrid estudia sancionar a los organizadores de esa manifestación, no porque realizaran la protesta -como ya se ha dicho, tienen derecho a hacerlo- sino porque no cumplieron las normas de prevención y seguridad que ellos mismos habían fijado cuando comunicaron oficialmente la convocatoria. Según la ley, las sanciones pueden ir desde 600 hasta 30.000 euros. A ver si así lo piensan bien la próxima vez, antes de jugar con la salud de los demás, y aprenden que en una democracia nadie puede saltarse las normas cuando quiera, perjudicar a otros ciudadanos y que eso le salga gratis.