viernes, 8 de mayo de 2026
Restos del avión iraní accidentado en Vellisca (Cuenca) el 9 de mayo de 1976. - EUROPA PRESS/TOMÁS
Restos del avión iraní accidentado en Vellisca (Cuenca) el 9 de mayo de 1976. - EUROPA PRESS/TOMÁS
TRAGEDIA AÉREA - 08/05/2026 13:13 - Cuenca

El 9 de mayo de 1976, un avión iraní con un contingente de 15 militares y dos tripulantes cayó hacia las 15:00 horas a pocos kilómetros de Huete, junto a la carretera que conecta el municipio vecino de Vellisca. Un accidente acaecido al mismo tiempo que los vecinos de la localidad celebraban el día de San Juanillo, en el barrio de Atienza. Había tormenta y llovía con intensidad.

Lo que ahora se sabe, medio siglo después, es que la propietaria del avión, un Jumbo comprado un año antes a TWA, era la fuerza aérea iraní. Destinado a transporte militar, despegó de Teherán con diez tripulantes y siete pasajeros, con el comandante iraní Katke a los mandos y con un plan de vuelo hacia la base de McGuire (New Jersey, Estados Unidos) con previsión de repostar en Barajas, a donde nunca llegó.


Según la crónica municipal de la época, recogida por Europa Press, a las 14.30 horas del día del siniestro, la tripulación informó de un desvío a la izquierda para evitar una tormenta. Tres minutos después, reclamó un nuevo rumbo hacia Barajas por el mismo motivo.

Pero estos movimientos no le permitieron esquivar la tormenta, pues un rayo alcanzó el ala izquierda, cerca del primero de los depósitos de combustible. Tras una explosión, se arrancó parte del ala, lo que provocó el fallo de la estructura del avión hasta el desprendimiento total de la pieza, con resultado fatal.

La legión, la primera en llegar 

Por la fiesta optense, la banda de música de la Legión, calentando motores de cara al encargo recibido de amenizar las celebraciones, fue una de las primeras líneas en acudir al rescate.

Los testimonios de la época, recabados 50 años después por Europa Press, apuntan a que varias personas que aguardaban al festejo, observaron un avión de enormes dimensiones en vuelo muy bajo y con una de sus alas, la izquierda, en llamas. Volaba a ras del cerro del Castillo y en dirección descendente, transcurriendo pocos segundos hasta que se escuchó una fuerte explosión que provenía del entorno de la aledaña carretera de Vellisca.

Julián, Isidro, Paco, Tasio, Pepe y el día de fiesta que se truncó

Paco, Isidro y Julián, unos jóvenes afincados en Vellisca que se disponían a transitar los apenas 12 kilómetros que separan su pueblo de Huete, no llegaron a su destino.

La pandilla, sirviéndose de un R8 y un ‘Gordini’, se acercaban a la curva de La Legua, a mitad de camino entre los dos municipios, cuando el avión en caída libre les cortó el paso.

«Apareció el avión con el ala izquierda ardiendo, y al momento, explotó. En la explosión, alas, motores y miles de trozo salieron volando, y el fuselaje siguió la trayectoria y cayó como un proyectil», explica a Europa Press Julián Pastor, uno de los integrantes de la cuadrilla.

Rompió a llover y los seis se dirigieron hacia los restos de la cola del avión, y a continuación hacia el fuselaje, en un encuentro desagradable, donde incluso vieron un brazo desmembrado.

En los días sucesivos, el padre de Julián ayudó con el tractor en las labores de rescate de los cuerpos.

«Lo peor era el olor. Carne quemada, combustible, plástico… todavía lo recuerdo», rememora Julián Pastor. Fue al día siguiente cuando investigadores norteamericanos buscaron a los testigos para tomarles declaración, algo que también ocurrió dos años después antes de dar por cerrada la investigación.

Pastor, coleccionista de todas las informaciones y recortes de periódicos de la época, conserva incluso restos del avión en una finca de su propiedad, rescatados de un chatarrero de Tarancón que se hizo cargo del desescombro del terreno por 300.000 pesetas de aquel entonces.

Olor a piel quemada y queroseno

Se aguó la celebración y decenas de curiosos abandonaron la fiesta en el barrio de Atienza para acudir al lugar. El avión, en efecto, se había estrellado en el paraje que en el pueblo conocían como ‘Los Pajares’. De la catástrofe, los testigos recuerdan las llamas, el olor a piel quemada y queroseno y las piezas de la nave esparcidas en un radio de kilómetros.

Pocos minutos pasaron hasta la llegada de los primeros agentes de la Benemérita, que al instante procedieron a acordonar la zona y dar aviso a las autoridades civiles. El Gobernador Civil de la provincia y el entonces presidente de la Diputación fueron los primeros en acudir; mientras que el juez instructor de la demarcación de Tarancón y la Comandancia de la Guardia Civil terminaron por asumir el mando durante la tarde.

Con la noche, los trabajos cesaron hasta el arranque del nuevo día, una mañana del 10 de mayo que fue escenario de la llegada del embajador de Irán, quien revisó los pasaportes rescatados del siniestro.

El mandatario solicitó entonces la entrega de instrumentos de a bordo para su inspección, una fotografía aérea de la zona, un oficial de enlace que hablase inglés, una copia de las conversaciones con Barajas y un lugar para reunir las partes del ala siniestrada.

Agricultores de la zona prestaron sus tractores y la fuerza de su trabajo para ayudar en las tareas de retirada de los restos, de cara a seguir buscando a posibles accidentados. A media tarde, el saldo de rescatados alcazaba los quince.

Los restos de los fallecidos se embolsaron para su posterior traslado al cementerio municipal, donde fueron examinados por un médico forense antes de enviarlos a Madrid. Cuatro de los cadáveres, que estaban incompletos y correspondían a ciudadanos estadounidenses, fueron enviados el 14 de mayo a New Jersey, lugar de destino del avión al que nunca llegó.

Los propietarios de las tierras, tal y como todavía recuerdan sus descendientes, llegaron a ser indemnizados por los girasoles ya sembrados que nunca germinaron.

Telegramas, stop

El primero de los telegramas militares emitidos para dar parte del asunto, recabado por Europa Press y fechado a las 19.45 horas del día de autos, se emitió desde la zona a la Jefatura de la Primera Región Aérea y al jefe de turno del Servicio de Aviación Civil. «En el día de la fecha, a las 15.02 aproximadamente, avión militar C-747, indicativo ULF-48, nacionalidad iraní, cayó en llamas entre Huete y Vellisca, stop. No hay supervivientes, stop», rezaba el cable.

Desde ese momento, el cruce de telegramas entre regiones militares se fueron sucediendo. Así, a las 19.35 horas, el jefe de turno del aeropuerto Madrid Barajas recibió la siguiente comunicación: «Avión procedente de Teherán militar y con destino Barajas se estrelló entre Huete y Vellisca a las 14.44 horas, aproximadamente con 17 personas a bordo, con señales de fuego a bordo y al parecer sin supervivientes».

A las 21.33 horas, el ministro del Aire recibió otra comunicación ampliando información. «Para instruir diligencias han sido designados Jefe Informador el teniente coronel don Enrique Sánchez Izquierdo Flores; informador técnico el comandante don B. Ribes Moreno; y juez instructor el capitán don F. Mosquera Silvent», tal y como quedó escrito por orden del Jefe del Estado Mayor del Ejército, Andrés Robles.

Fue a la media noche cuando se especificaron los primeros reportes sobre los fallecidos. «Completamente quemados y destrozados, hallándose esparcidos por unos dos kilómetros, restos humanos totalmente irreconocibles, imposible determinar el número de víctimas». En esta carta se desvelaron las dos primeras identidades a tenor de los pasaportes encontrados: Robert Ivor Wilson, de Pensilvania; y Aminoklan Tolove, iraní. Se encontró, del mismo modo, dinero «español, americano y árabe».

Los telegramas posteriores que relataron el levantamiento de cadáveres, que no ocurrió hasta cuatro días después del accidente, ofrecen estadísticas contradictorias entre los 14 y 15 fallecidos, con una o dos mujeres según el recuento.

Cincuenta años después, el recuerdo de la tragedia perdura en la memoria de quienes lo presenciaron, con imágenes de tragedia imposibles de borrar pese al paso del tiempo.

Enclm/EP

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